Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.39
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Siguen sin ser molestados en el puerto, como antes, continúan su comercio, cargan y descargan sus barcos y construyen en el Morro da Gloria una fortificación nueva para reemplazar a la anterior, e incluso azuzan a los tamoios, sus amigos indios, contra los portugueses, y el primer ataque contra São Paulo por parte de integrantes de esa tribu posiblemente ha sido organizado por aquéllos. Pero Mem de Sá no tiene fuerzas para expulsar a los intrusos. Como siempre en el Brasil, desde los comienzos hasta la fecha, la falla es una misma: hay escasez de hombres. Mem de Sá no puede desprenderse de un solo brazo en Bahía, ya que de lo contrario se estancaría la producción de azúcar, el elemento principal de la economía brasileña; y además, una peste fatal mató a la mayor parte de la población. Sin el apoyo de Portugal es imposible, pues, expulsar a los franceses de su posición nueva, y esa ayuda se hace esperar indefinidamente; los colonos de Villegaignon permanecen así cinco años más en el Brasil, sin ser molestados. Y es de nuevo Nóbrega quien insiste y advierte sin cesar que si en vez de Portugal llegan a ser. los franceses los que envían socorros, la corona perderá definitivamente la bahía de Río y con ella el Brasil. Por último, la reina atiende sus súplicas urgentes y despacha desde Lisboa a Estacio de Sá para atacar al enemigo junto con las tropas auxiliares preparadas en el país por los jesuitas. Nuevamente empiezan, en dimensiones liliputienses, las acciones guerreras. El 19 de marzo de 1565, Estacio de Sá entra con su flota de guerra en la bahía de Guanabara y levanta su campamento al pie del Pan de Azúcar, donde hoy se encuentra el barrio de Urca. Pero -cosa inconcebible para nuestros conceptos modernos- antes de que se lleve a cabo el ataque contra el Morro da Gloria, cuya distancia del Pan de Azúcar se recorre hoy exactamente en diez minutos, pasan no menos de veintidós meses. Sólo el 20 de enero de 1567, Estacio de Sá conduce a sus soldados al asalto, y en una lucha de pocas horas de duración, con una pérdida de veinte o treinta hombres, prodúcese una decisión de importancia histórica: si la ciudad se llamará en adelante Río de Janeiro o Henriville, y si el Brasil será un país de habla portuguesa o francesa. En esas dimensiones, con dos o tres docenas de soldados, librábanse en ese entonces, tanto en América como en la India, unas luchas que habían de determinar por espacio de siglos la forma y el destino de nuestro continente.
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