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Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.36

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No se trata, por lo mismo, de un acto verdaderamente bélico cuando el 10 de noviembre de 1555 una pequeña flota bajo pabellón francés fondea en la bahía de Guanabara, desembarcando en una de sus islas un centenar de hombres. De hecho no molestan con ello a ninguna posesión extraña, puesto que en ese entonces Río no es todavía una ciudad, sino apenas un poblado. En las pocas chozas dispersas no hay un soldado ni un funcionario del rey de Portugal, y el extraño aventurero que iza aquí la bandera no encuentra resistencia contra su atrevido golpe de mano. Ambigua y atractiva figura es ese caballero de Rodas, Nicolás Durand de Villegaignon, a medias pirata, a medias sabio y todo un pedazo cabal del Renacimiento. Él llevó a María Estuardo desde Escocia a la corte real de Francia, se distinguió en el campo de batalla, probó suerte como aficionado en las artes. Ronsard le elogia y la corte le teme debido a su espíritu incalculable, inconstante. Toda labor regular le repugna, y rechazó el mejor empleo, las más altas distinciones, para poder dar rienda suelta, libremente y sin trabas, a sus antojos, a menudo fantásticos. Los hugonotes lo consideran católico, los católicos le tienen por hugonote. Nadie sabe a qué causa sirve, y tal vez él mismo no sabe, en cuanto a su persona, sino que quisiera hacer algo grande y extraordinario, algo distinto de lo que hacen los demás, algo más salvaje, más osado; más romántico y más singular. En España hubiera llegado a ser un Pizarro o un Cortés, pero su rey, muy ocupado en el propio país, no organiza ninguna aventura colonial. Por eso, el impaciente Villegaignon tiene que inventarse una, por su propia cuenta. Reúne unas cuantas naos, las tripula con un centenar de hombres, en su mayoría hugonotes, que se sienten incómodos en la Francia de los Guisa, pero también con unos cuantos católicos, entre ellos, que desean llegar al mundo nuevo, y ansioso de gloria en grado máximo, lleva consigo también, previsoramente, un historiador, André Thévet, pues alienta nada menos que el sueño de fundar una France Artaretique, cuyo creador, gobernador y acaso príncipe omnímodo quiere ser él mismo. Es difícil averiguar hasta qué punto la corte de Francia conocía esos planes, y hasta qué extremo acaso los aprobaba y tal vez fomentaba. Probablemente, en el caso de un éxito, el rey Enrique se hubiera adueñado de la acción del mismo modo como Isabel de Inglaterra se apropiaba de los hechos de sus piratas Raleigh y Drake.


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