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Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.29

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Puesto que en la enseñanza religiosa los indígenas confían más en sus hermanos de igual color o mestizos que en los extranjeros, los blancos; se trata para los jesuitas de formar los maestros del pueblo con la propia sangre de ese pueblo. En contraste con los demás, piensan exclusivamente en y para las generaciones venideras. Como realistas y calculadores severos y claros, son los únicos que tienen una visión cabal del Brasil futuro, en formación, y aun antes de geógrafo alguno barrunte la magnitud física de ese país, ellos ya adoptan la norma adecuada para su tarea. Trazan un plan de campaña, para el porvenir, y su propósito final permanece inalterado a través de los siglos: la formación de ese país en el espíritu de una sola religión, de un solo idioma y de una sola idea. El que se haya logrado tal propósito es y será para siempre un motivo de gratitud del Brasil hacia esos primeros creadores de su idea estatal.
La resistencia verdadera con que tropieza el espléndido plan de colonización de los jesuitas no la oponen, según podía presumirse primero, los nativos, los salvajes, los antropófagos, sino los europeos, los cristianos, los colonos. hasta entonces, el Brasil había sido para esos soldados y marineros desertores, para los desgregados, un paraíso exótico, un país sin ley ni restricciones ni obligaciones, donde cada cual podía hacer o dejar de hacer lo que le venía en gana. Podían dar rienda suelta a los instintos más disipados sin ser seriamente molestados por la justicia o la autoridad. Lo que en su patria se castigaba con encadenamiento y estigmatización pasaba aquí por lícita diversión de acuerdo con la doctrina de los conquistadores: Ultra equinoxialem non peccatur. Se apropiaban de cuanta tierra querían y donde querían, se tomaban los indígenas donde los encontraban y los hacían trabajar dura-mente bajo su férula. Tomaban cualquier mujer que cruzaba su camino, y el número enorme de niños mestizos ilustraba muy pronto la divulgación de esa poligamia salvaje. No había quien les impusiera su autoridad, y por lo mismo, todos esos individuos, la mayoría de los cuales llevaba todavía la marca de la cárcel en sus hombros, vivían como bajaes, sin cuidarse del derecho ni de la religión y, sobre todo, sin poner jamás personalmente mano a una labor verdadera. En vez de civilizar el país, esos primeros colonos se habían embrutecido ellos mismos.


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