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Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.26

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Pero el he-cho de que su objeto está fijado desde los principios y por entero en la lejanía, en la distancia de siglos, y aun lo eterno, eso los destaca tan magníficamente del mundo de los funcionarios y de los guerreros, que pretenden ganancias rápidas y visibles para ellos mismos y para su patria. Los jesuitas sa-ben exactamente que se necesitarán generaciones y más generaciones para dar cima a aquel proceso del embrasileñamiento, y que ninguno de los que aventuran su salud, su vida, su fuerza, en esta empresa, verá jamás personalmente ni aun los resultados más fugaces de sus esfuerzos. Es una fatigosa labor de sembradío la que inician, una inversión trabajosa y en apariencia falta de perspectiva, pero la circunstancia de iniciarse precisamente en un terreno sin roturación alguna y en un país sin límites, aumenta su aplicación en vez de menguarla. Así como la llegada oportuna de los jesuitas constituye una suerte para el Brasil, el Brasil significa, a su vez, una suerte para ellos, por representar el taller ideal para su idea. Sólo debido a la circunstancia de que antes que ellos nadie habla actuado allí, ni actúa nadie simultáneamente con ellos, pueden llevar a cabo un experimento de significación histórica universal, sin restricción alguna. Materia y espíritu, astinto y forma, un país vacío, enteramente inorganizado y un método no probado aún de organización para crear algo nuevo y viviente.
Una fortuna peculiar en ese encuentro feliz de una misión grandiosa con una energía más grandiosa aún, que se dispone a darle cima, la constituye la presencia de un verdadero dirigente. Manuel de Nóbrega, que recibe de su provincial el encargo de marchar al Brasil con tal premura que no le queda tiempo siquiera para recibir personalmente, en Roma, instrucciones del maestro de la orden, Ignacio de Loyola, se encuentra en la plenitud de sus energías. Tiene treinta y dos años, ha estudiado en la Universidad de Coimbra antes de ingresar en la orden. Pero no es su particular sabiduría teológica la que le confiere la grandeza histórica, sino su energía prodigiosa y su fuerza moral. Nóbrega -trabado por un defecto de habla- no es, como Vieira, un gran orador sagrado, Ni como Anchieta, un gran escritor. Es, en el espíritu de Loyola, sobre todo, un luchador. En las expediciones destinadas a libertar Río de Janeiro, es la fuerza motriz del ejército y el consejero estratega del gobernador, en tanto que en la administración revela la capacidad ideal de un organizador genial, y la clarividencia, que prueban sus cartas, se amalgama con una energía heroica, que no retrocede ante ningún sacrificio.


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