Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.25
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Pero, en realidad, esos seis hombres no serán acompañantes, sino dirigentes.
Con esos seis hombres comienza algo nuevo para el Brasil. Todos los que habían llegado antes que ellos habían arribado o por imperativo o por obligación, o huyendo. Todos cuantos hasta entonces habían desembarcado en aquellas playas querían sacar algo del país, maderas o pájaros, metales u hombres; a nadie se le había ocurrido llevar algo al país a modo de recompensa. Los jesuitas son los primeros que no quieren nada para sí y todo para el país. Llevan consigo plantas y animales para fertilizar la tierra, llevan medicinas para curar a los hombres, libros e instrumentos para instruir a los ignorantes, llevan su fe y el rigor moral disciplinado por su maestro, pero, sobre todo, son portadores de una idea nueva, de la más grande idea colonizadora que conoce la historia. Entre los pueblos bárbaros de los tiempos anteriores, y bajo el régimen español contemporáneo, colonizar significaba extirpar o embrutecer a los nativos; para la moral de los conquistadores del siglo XVI, descubrimiento es sinónimo de conquista, sumisión, esclavización, desheredación. Ellos, en cambio os únicos homens disciplinados de seu tempo, según los llamara Euclides da Cunha, piensan más allá de ese proceso de rapiña, en un proceso constructivo, en las generaciones próximas, y desde el primer instante anticipan en el país nuevo la igualdad moral de todos. Justamente por vivir la población aborigen en un estado de primitivo, no debe ser rebajada más aún a la animalidad y esclavitud, sino que debe ser elevada y conducida por la vía del cristianismo hacia la civilización occidental: hay el propósito de desarrollar aquí una nación nueva, mediante la mezcla y la educación. El Brasil debe, en última instancia, a esa idea productiva el que se convirtiera de un conglomerado de elementos muy heterogéneos en un organismo, de los contrastes más evidentes en una unidad.
Los jesuitas saben, desde luego, que una misión de tal alcance no puede cumplirse de inmediato. No son soñadores vagos y confusos, y su maestro, Ignacio de Loyola, no es un Francisco de Asís, quien cree en una dulce fraternidad de los hombres. Son realistas, y educados por sus ejercicios; en el sentido de acerar día a día, de nuevo, la energía para vencer en el mundo la resistencia inconmensurable de la debilidad humana.
Conocen los peliaros y la dilación. de su tarea.
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