Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.24
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Con la fundación de una capital y el nombramiento de un gobernador, el hasta entonces amorfo organismo del Brasil ha adquirido un corazón y un cerebro.
Seiscientos soldados o marineros y cuatrocientos desgregados, mil hombres con armadura o basta camisa de obrero, acompañan a Tomé de Sousa. Pero más importantes que esos mil hombres de trabajo y de fuerza resultan para el destino del Brasil los seis hombres de humildes sotanas oscuras que el rey incorporó al séquito de Tomé de Sousa para su dirección espiritual y su consejo eclesiástico. Esos seis hombres eran portadores de lo más precioso que necesita un pueblo y un país para su existencia: una idea, y en este caso la idea verdaderamente creadora del Brasil. Esos seis jesuitas disponen de una energía nueva y completamente virgen todavía, pues su orden es joven y animada por el santo fervor de conservar su sentido peculiar. Aun vive el dirigente Ignacio de Loyola, que la fundara, y su fuerza de pensar, su fanatismo orientado hacia un objetivo bien determinado, les ofrecen un ejemplo vivo, visible, de la autodisciplina. Entre los jesuitas, como en todos los movimientos religiosos, la intensidad espiritual, la pureza moral se halla en pleno auge en los años del comienzo y antes del éxito verdadero. En el año de 1550, los jesuitas no constituyen -como en los siglos posterioresuna potencia espiritual, mundana, política ni económica, y toda forma del poder reduce la pureza, moral tanto del individuo como de un partido. Huérfanos de propiedad en todo sentido, tanto el individuo como la orden, sólo encarnan una voluntad determinada, es decir, un elemento totalmente espiritual todavía, y no confundido aún por entero con las cosas del mundo. Y llegan a la hora más propicia, pues el descubrimiento de un continente nuevo significa una ventaja inaudita para su propósito magnífico de restablecer la unidad religiosa del mundo, por obra de la marcialidad espiritual.
Desde que, en el año de 1519, el díscolo alemán suscitó en la Dieta de Worms la guerra mundial religiosa, más de un tercio de Europa, ya casi su mitad, abandonó la Iglesia, y el catolicismo, otrora la ecclesia universalis, ocupa más bien una posición defensiva. ¡Qué ventaja, si se pudieran conquistar oportunamente los mundos nuevos, que de improviso se abrieron para la fe antigua, verdadera, estableciendo así, como quien dice, un segundo frente más amplio detrás del primero! Puesto que los jesuitas no exigen nada, ni sueldos, ni privilegios, el rey Juan aprueba su propósito de conquistar el país nuevo a la fe y permite a seis de esos «soldados de Cristo» participar de la expedición.
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