Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.22
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Pero, como siempre, desde los comienzos de la época heroica, las cajas están exhaustas; las dotaciones en la India, las fortificaciones en África, la conservación del prestigio militar, en una palabra, el imperialismo portugués, absorbe todo el capital y todas las energías. Hay que proceder, por lo tanto, a un experimento nuevo de povoar a terra o, mejor dicho, hay que volver sobre un ensayo que ya ha dado buenos resultados en las Azores y en Cabo Verde: el fomento de la colonización mediante la iniciativa particular. Se divide el poco menos que deshabitado país en doce capitanías, cada una de las cuales se asigna a un individuo, con pleno derecho hereditario, a un hombre que debe comprometerse -lo que está en su mismísimo interés- a desarrollar esa región, o ese que podría llamarse país, en el sentido colonizador. Lo que se asigna a esos capitanes son verdaderos reinos, cada uno de ellos tan grande como el mismo Portugal y algunos incluso tan grandes como Francia o España. Un noble que no posee nada en Portugal, un oficial que ha contraído méritos en las luchas en la India y reclama una recompensa, un. historiógrafo como Joao de Barros, a quien el rey debe gratitud, todos ellos reciben, con un trazo de pluma, una duodécima parte del Brasil, es decir, una región fantástica, a la espera de que, a su vez, atraerán entonces gente a esas regiones, cultivando, económicamente, el país que les ha sido conferido y conservándolo indirectamente para la metrópoli.
Esta primera tentativa para poner cierto método en el modo completamente casual y disperso de la colonización, obedece a un pensamiento generoso. Las ventajas para los donatarios son inconmensurables; excepción hecha del derecho a emitir moneda, y a cambio de deberes muy limitados, se les conceden todos los derechos de un príncipe soberano. Si supieran realmente atraer un pueblo entero, sus hijos y nietos tendrían que resultar equivalentes a todos los monarcas de Europa. Pero los favorecidos son, en su mayoría, gente de edad avanzada, que ha tiempo ya gastaron sus mejores energías al servicio del rey; si bien aceptan los territorios concedidos como herencia para sus hijos y nietos, no los transforman, con trabajo activo, en un mayor valor para ellos mismos. En los dos próximos decenios se pone en evidencia que solamente prosperan dos de esas capitanías, las de San Vicente y Pernambuco -esta última llamada Nova.
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