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Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.21

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¿Para qué sobrepoblar las cárceles y alimentar, durante años y por cuenta del Estado, a los criminales? Más vale enviar los desgregados para siempre a través del mar, al nuevo país, donde acaso pueden llegar todavía a ser útiles. Como siempre, es un estiércol penetrante, no muy limpio, el que mejor prepara un suelo para futuras cosechas.
Los únicos colonos que llegan voluntariamente, libres de cadenas, sin sambenito ni veredicto judicial, son los cristaos novos, los judíos recién conversos. Pero ellos tampoco arriban completamente voluntarios, sino llevados por la precaución y el temor. En Portugal han recibido el bautismo, más o menos sinceramente, para librarse de la hoguera, pero, con todo, no se sienten muy seguros a la sombra de Torquemada. Prefieren, pues, trasladarse en buena hora al nuevo país, mientras la mano furiosa de la Inquisición no consiga aún alargarse hasta allende el océano. Grupos compactos de esos judíos conversos y de otros no bautizados se establecen en las ciudades costeras como los en verdad primeros pobladores burgueses; esos cristaos novos se convierten en las familias más antiguas de Bahía y Pernambuco y, simultáneamente, en los primeros organizadores del comercio. Con su conocimiento del mercado universal, se preocupan por el corte y el embarque del pao vermelho, la madera del Brasil, que en ese entonces constituía el único producto de exportación, y cuya concesión de tráfico había adquirido uno de los suyos, Fernando de Noronha, por un plazo más o menos largo, de acuerdo a un convenio firmado con el rey. Desde entonces llegan con bastante regularidad, no sólo barcos portugueses, sino también extranjeros para cargar ese producto extraño, y poco a poco se van estableciendo, entre Pernambuco y Santos, pequeñas poblaciones portuarias, como células primitivas de futuras ciudades. Entretanto, unas flotas, ora más pequeñas, ora más grandes, han adelantado en distintas expediciones hasta el Río de la Plata, registrando la conformación de la costa. Pero detrás de la franja angosta que para el mundo de entonces significa el Brasil, sigue tendido, ignorado y sin límites, todo el inmenso país.
Los progresos en las tres primeras décadas son lentos, peligrosamente lentos. Aumenta con regularidad el número de embarcaciones extranjeras que -ilegalmente, en el concepto de Portugal - tocan los puertos nuevos para cargar madera. En el año 1530 el rey se decide, finalmente, a poner orden, y envía una pequeña flota al mando de Martín Alfonso de Sousa, que sorprende en seguida a tres barcos franceses en flagrante, y que comunica al rey, a modo de primera impresión, lo que todos habían informado hasta entonces: que hace falta colonizar el Brasil para evitar que la corona de Portugal lo pierda.


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