Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.18
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Ahora que se ha abierto la puerta del tesoro del mundo de ese entonces, nadie quiere quedarse en la «pequeña casa» de la patria, y el carácter unánime de esa voluntad proporciona al Portugal un éxtasis de la fuerza y del valor, que por espacio de un siglo torna lo imposible en posible, y lo inverosímil en verdad.
En semejante tumulto de las pasiones, un evento de la historia universal, corno el descubrimiento del Brasil, apenas despierta la atención, y nada es más característico pira el menosprecio de ese hecho que la circunstancia de que Camoens no menciona en ninguna de las miles de líneas de su epopeya, el descubrimiento ni existencia del Brasil. Los marineros de Vasco de llevaron consigo géneros valiosos, joyas, piedras preciosas, especias y, sobre todo, la noticia de que en los palacios del Zamorin y de los Rajaes existe miles y miles de veces más de tal botín. ¡Cuán pobre es, en cambio, la presa de Gaspar de Lemos! Unos cuantos papagayos abigarrados, unas muestras de maderas, unas cuantas frutas y la noticia decepcionante de que nada se puede quitar allá a los hombres desnudos. No ha traído ni un granito de oro, ni una sola piedra preciosa, ninguna clase de especias, ninguna de las preciosidades, un puñado de las cuales vale más que bosques enteros de maderas del Brasil, tesoros que pueden arrebatarse fácilmente con unos cuantos golpes de espada, unos pocos tiros de cañón, mientras que los árboles deben ser derribados, antes de que se pueda cortarlos, embarcarlos y vender-los. Si esa Isla o Tierra de Santa Cruz alberga riquezas, sólo puede tratarse de riquezas potenciales, que habría que ganar a la tierra en largos años de fatigosa labor. Pero el rey de Portugal necesita beneficios rápidos, tangibles, para pagar sus deudas. ¡Primero, pues, la India, África, las Molucas, el Oriente! De esa suerte, el Brasil se convierte en la Cordelia de ese rey Lear, en la despreciada de las tres hermanas África, América y Asia y, sin embargo, la única que en las horas de la desgracia le guardará fidelidad.
No es, pues, sino conforme a la lógica rigurosa de la necesidad, como el Portugal, embriagado por sus éxitos fantásticos, al principio apenas se interesa por el Brasil; su nombre no penetra en el pueblo, no ocupa su fantasía. Los geógrafos alemanes e italianos registran en sus mapas la línea de la costa con el nombre de Brasil o Terra dos papagaios, a la buena de Dios, pero la Tierra de Santa Cruz, ese país verde, vacío, no tiene nada que pudiera ejercer un atractivo sobre los marineros o los aventureros.
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