Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.17
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Se le da traslado, en cartas oficiales, al rey de España, a fin de asegurarse la legalidad de la posesión; pero la noticia, según la cual el nuevo país sería «sem ouro nem prata, nem nenhuna cousa de metal», presta al hallazgo, por lo pronto, poco valor. En las últimas décadas, Portugal descubrió tantos países y se adueñó de una parte tan grande de la Tierra que prácticamente la capacidad de absorción de esa pequeña nación queda del todo agotada. La nueva ruta marítima a la India le asegura el monopolio de las especias y, con ello, una riqueza inconmensurable; se sabe en Lisboa que, en Calcuta y Malaca, el tesoro de piedras preciosas, tejidos valiosos, porcelanas y especias, legendario desde siglos atrás, está al alcance de un manotón atrevido, y la impaciencia de incautarse de golpe de todo ese. mundo de una cultura superior y de rnagnificencia oriental, impele al Portugal a una superación de la osadía y del heroísmo, que difícilmente encuentra similar en la historia del mundo. Ni siquiera los Lusiadas de la epopeya consiguen hacer comprensible esa aventura, esa nueva expedición alejandrina, que realiza un puñado de hombres para conquistar con una docena de minúsculas embarcaciones, simultáneamente, tres continentes, amén de todo el océano desconocido. El pequeño y pobre Portugal, libertado desde hace apenas dos siglos del dominio árabe, no posee dinero efectivo, y, cada vez que arma una flota, el rey debe dar en prenda, de antemano, sus beneficios a los mercaderes y cambistas. Por otra parte, tampoco dispone de soldados suficientes para hacer la guerra simultánea a los árabes, los indios, los malayos, los africanos y los salvajes y para establecer factorías y fortificaciones en todas partes de los tres continentes. Y, sin embargo, Portugal extrae de sus propias entrañas, de modo milagroso, todas esas fuerzas; caballeros, campesinos, y, según dice Colón cierta vez en tono malhumorado, hasta «sastres» abandonan sus casas, sus mujeres, sus hijos y sus profesiones y convergen desde todo el país en los puertos, y no les amedrenta el hecho de que, según el célebre dicho de Barros, «el océano se convierte en la tumba más frecuente de los portugueses». Porque la palabra «India» tiene un poder mágico. El rey sabe que un barco que regresa de esa Golconda equilibra con creces la pérdida de otros diez; un hombre que sobrevive a las tempestades, los naufragios, las luchas y las enfermedades, vuelve con riquezas para sí mismo y para sus descendientes.
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