Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.11
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Su orgullo no lo constituyen generales, ni son ellos sus héroes, sino que considera como tales a los estadistas como Río Branco, que por obra de la razón y de la conciliación sabían impedir las guerras. Bien redondeado, con la frontera idiomática coincidente con los límites del país, no tiene ningún deseo de conquista, ni alienta tendencias imperialistas. Ningún vecino puede reclamarle nada, ni el Brasil reclama nada a sus vecinos. La paz del mundo jamás ha sido amenazada par su política, y aun en una época incalculable como la nuestra, es imposible imaginarse que jamás se modificaría ese principio fundamental de su pensamiento nacional, ese deseo de entendimiento y de conciliación. Porque ese anhelo de conciliación, esa actitud humana no ha sido el modo de pensar accidental de gobernantes y dirigentes aislados; constituye aquí el producto natural de un carácter popular, de la tolerancia innata del brasileño, que en el transcurso de su historia se ha acreditado una y otra vez. Es la única nación ibera que nunca conoció sangrientas persecuciones religiosas; nunca ardieren aquí las pi-ras de la inquisición; en ningún país los esclavos han sido tratados de un modo relativamente más humano. Aun sus convulsiones internas y sus cambios de gobierno se han realizado casi sin derramamiento de sangre. Los dos reyes y el emperador, que su voluntad de independencia empujó del país, lo abandonaron sin ser molestados y, por lo tanto, sin odio. Aun después de revueltas y asonadas abortadas, desde la independencia del Brasil, los dirigentes no las han pagado nunca más con el precio de su vida. Quienquiera que gobernaba este pueblo, estaba inconscientemente obligado a adaptarse a esa tolerancia interior; no es por casualidad que -durante muchos decenios la única monarquía entre todos los países americanos- hubiera tenido por emperador al más democrático y más liberal de todos los gobernantes corona-dos, y que hoy, siendo considerado país dictatorial, disfrute de más libertad individual y conformidad que la mayoría de nuestros países europeos. Por eso, la existencia del Brasil, cuya voluntad va dirigida únicamente a la construcción pacífica, constituye uno de los fundamentos de nuestras mejores esperanzas de una civilización y pacificación futuras de nuestro mundo desgarrado por el odio y la locura. Mas, donde obran fuerzas morales, tenemos el deber de alentar su voluntad. Dondequiera que en nuestro tiempo trastornado veamos todavía una esperanza para un porvenir nuevo en nuevas zonas, estamos en el deber de señalar tal país y tales posibilidades.
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