Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.8
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No existen límites de color, divisiones, ni estratificaciones orgullosas, y nada es más característico para la naturalidad de esa nivelación que la ausencia de toda palabra despectiva en el lenguaje. Mientras, entre nosotros, de nación en nación, se inventó una palabra mortificante o burlona para las demás, el Katzelinacher o el boche, el vocabulario brasileño carece absolutamente del correspondiente término denigrante para el nigger o el criollo, pues ¿quién pudiera, quién quisiera enorgullecerse aquí de absoluta pureza racial? Aunque sea exagerada la afirmación irritada de Gobineau, en el sentido de que en todo el Brasil había encontrado una única persona de raza pura, el emperador don Pedro, forzoso es decir que, salvo los recién inmigrados, el brasileño de ley tiene la certeza de que en sus venas corren cuando gotas de sangre nacional. Pero ¡Milagro sobre milagro!: no se avergüenza de ello. El principio pretendidamente destructivo de la mezcla, ese horror, ese «pecado contra la sangre» de nuestros teóricos maniáticos de la raza, constituye aquí un aglutinante conscientemente utilizado de una cultura nacional. Sobre este fundamento se viene levantando desde hace cuatro siglos una nación, y -¡portento!- la permanente interfusión y la adaptación recíproca bajo un mismo clima e idénticas condiciones de vida produjo. un tipo absolutamente individual, que no tiene ninguna de las condiciones «disolventes» proclamadas por los fanáticos de la raza. Rara vez se encontrarán, en parte, alguna del mundo, mujeres más bonitas y niños más hermosos que entre los mestizos, delicados de talla, suaves de comportamiento; regocijado, obsérvase en los rostros semioscuros de los estudiantes la inteligencia hermanada con una serena modestia y cortesía. Cierta dulzura, una moderada melancolía va estableciendo un contraste nuevo y muy personal con el tipo más rudo y activo del norteamericano. Lo que se «pervierte» en esa mezcla son únicamente los contrastes vehementes y, por lo mismo, peligrosos. Esa disolución sistemática de los grupos nacionales o raciales cerrados, y cerrados sobre todo en formación de lucha, facilitó enormentente la creación, de una conciencia nacional y es asombroso cuán absolutamente la segunda generación se siente ya nada más que brasileña. Son siempre los hechos que con su innegable fuerza evidente desmienten las teorías de papel de los dogmáticos. Por eso, el experimento brasileño con su negación absoluta y consciente de todas las diferencias de color y de raza significa acaso, con su éxito visible, el aporte más importante a la liquidación de una ilusión que trajo a nuestro mundo más desazón y desgracia que cualquiera otra.
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