Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.7
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De acuerdo con su estructuración etnológica, y en el supuesto de que hubiera recogido la ilusión europea nacionalista y de raza, el Brasil tendría que ser el país más desgarrado, más intranquilo y menos pacífico del mundo. A simple vista se reconocen todavía, en la calle y en los mercados, las razas más distintas que constituyen la población. Hay los descendientes de los portugueses que conquistaron y colonizaron el país, la población aborigen india, que habita el interior desde tiempos inmemoriales, los millones de negros que en los tiempos de la esclavitud fueron traídos de Africa, y junto a todos ellos los millones de italianos, alemanes y hasta japoneses que llegaron al país como colonos; de acuerdo con la posición europea, habría que suponer que esos grupos se enfrentan mutuamente de un modo adverso, los primer venidos contra los recién venidos, los blancos contra los negros, americanos contra europeos, morenos contra amarillos; habría que suponer que mayorías y minorías se hallasen en lucha por sus derechos y privilegios. Y asombradísimo, se observa que todas estas razas, visiblemente diferenciadas por el mero color ya, viven en la más acabada armonía y que, a pesar de su origen individual, sólo compiten en la ambición de despojarse de las peculiaridades primitivas para convertirse cuanto antes y todo lo más perfectamente posible en brasileños, en una nueva y uniforme nación. El Brasil - y la significación de este experimento magnífico me parece ejemplar - llevó el problema racial, que trastorna nuestro mundo europeo, del modo más simple ad absurdum: ignorando sencillamente su pretendida validez. Mientras en nuestro mundo viejo predomina más que nunca la idea absurda de querer criar hombres «racialmente puros», como caballos de carrera y perros, la nación brasileña descansa desde hace siglos exclusivamente sobre el principio de la mezcla libre y sin trabas, de la igualdad absoluta de negros y blancos, morenos y amarillos. Lo que en otros países sólo establecido teóricamente en papel y pergamino, la absoluta igualdad civil, tanto en la vida privada como en la vida pública, surte aquí efectos visibles en el espacio real, en la escuela, en los cargos públicos, en las iglesias, en las profesiones, en el ejército, en las universidades, en las cátedras; es cosa encantadora ver los niños que conjugan todos los matices del color de la piel humana -chocolate, leche y café- salir de las escuelas tomados del brazo, y esa trabazón tanto física como espiritual, alcanza hasta las capas supremas, las academias y los puestos gubernamentales.
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