Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.6
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No penetré con hacha y machete en la espesura sorda y abigarrada de la selva virgen. Pese a todos los viajes, a todo mirar, aprender, leer y buscar, no me he salido gran cosa del borde de la civilización en el Brasil, y debo conformarme pensando, que apenas si he encontrado dos o tres brasileños habilitados para afirmar que conocen la profundidad interior y casi impenetrable de su propio país, y que el ferrocarril, el buque a vapor y el automóvil tampoco me habrían conducido mucho más lejos y que ellos también son impotentes frente a la extensión fantástica .de ese país.
Debo privarme, además, honradamente, de ofrecer conclusiones, predicciones y profecías en cuanto al porvenir económico, financiero y político del Brasil. Desde los puntos de vista económico, sociológico y cultural, los problemas del Brasil son tan nuevos, tan peculiares y, debido a su extensión, tan difíciles de abarcar, que cada uno de ellos requeriría para su estudio concienzudo toda una falange de especialistas. Una visión completa es imposible en un país que no acaba aún de tener una visión de su conjunto y que, además, se halla en un crecimiento tan impetuoso que todo informe y toda estadística resultan superados por los hechos, aun antes de que el informe esté terminado de redactar y haya pasado por la imprenta. Por eso entresacaré de la abundancia de aspectos un problema solo para convertirlo en espina dorsal de este trabajo, aquel problema que conceptúo el de más actualidad y el que tanto en la esfera espiritual como en la moral confiere al Brasil, actualmente, un rango particular entre to-das las naciones de la Tierra.
Este problema central, que se impone a cada generación y por consiguiente también a la nuestra, constituye la réplica a la pregunta más simple y, sin embargo, más necesaria: ¿Cómo puede conseguirse en nuestro mundo una convivencia pacífica de los hombres a pesar de las más decididas diferencias de raza, clase, color, religión y convicciones? Es el problema que se presenta perentoriamente, una y otra vez, a cada Estado. A ningún país se planteó, por una constelación particularmente complicada, de un modo más peligroso que al Brasil, y ninguno lo ha resuelto tan feliz y ejemplarmente como el Brasil. Atestiguarlo, agradecido, es el objeto de este libro. Lo ha resuelto de un modo que, a mi juicio personal, reclama, no sólo la atención, sino también la admiración del mundo.
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