Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.208
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Como las flores estuvieran escasas, en los dos testeros estaban dos sonrosadas niñas batiendo palmas, mientras que saliendo de tener las ramas de un macizo rojo y amarillo se veían la cabeza y las espaldas de Ben, quien agitaba su bandera más grande que tenía escrito con letras azules "¡Bienvenidos!"
-¡Qué maravilla!... -exclamó la señora Celia, arrojando besos a los niños, estrechando las manos de las mucamas y dirigiendo su brillante mirada al desconocido que sujetaba a Sancho.
-Mucha gente adorna la puerta de entrada con figuras de piedra, vasos o guirnaldas. Pero estos adornos vivientes son muchos mejores, queridos, sobre todo ese alegre niño del medio -dijo el reverendo George, mirando a Ben con interés, no obstante haber estado a punto de tropezar con la bandera que agitaba el niño.
-Tú tendrá que terminar lo que yo sólo he comenzado -manifestó Celia, agregando alegremente cuando Sancho, consiguiendo recuperar la libertad, se acercó a ambos a ofrecerle su pata y sus felicitaciones-: Sancho, presenta a tu amo que tengo que agradecerle que haya llegado justo a tiempo para salvar mi vieja casa de un desastre inminente.
-Aunque hubiese salvado doce casas no habría pagado ni la mitad de lo que usted ha hecho por mi hijo, señora -contestó el señor Brown, saliendo de detrás del pórtico rojo de gratitud y placer.
-Yo hice todo con mucho gusto, de modo que, por favor, recuerde que éste continuará siendo el hogar del niño hasta tanto usted pueda brindarle el suyo. ¡Gracias a Dios él ya no es huérfano!... Y el dulce rostro de la joven expresaba mucho más de lo que decían sus palabras cuando su blanca mano estrechó con un apretón cordial la morena manchada de tizne.
-Entremos, hermana. Veo la mesa del té servida y estoy terriblemente hambriento interrumpió Thorny, que no se dejaba dominar por los sentimientos, aunque se alegrara mucho de que Ben hubiese recuperado a su padre.
-Acérquense, mis pequeños amigos, y déjenme que les agradezca esta amable bienvenida -y la señora Celia elevó su mirada divertida desde las cabezas infantiles a la vieja chimenea que aún continuaba echando humo.
-¡No mire usted!... -gritó Bab ocultando la cara. -¡Ella lo hizo sin querer!... -agregó Betty para disculparla.
-¡Tres hurras por la novia!... -exclamó Ben agitando su bandera cuando su querida señorita pasó bajo el arco apoyada en el brazo de su marido y continuó por el sendero hacia la casa que cobijaría su hogar feliz durante muchos, muchísimos años.
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