Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.207
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-Quizá sea mejor que vuelva a casa. Sancho querrá su cama... -Y Bab se aferró a esa excusa para abandonar su escondite y aparecer con una cara compungida y el vestido arrugado y el cabello lleno de paja.
Betty la llevó lejos, no obstante las protestas de la hermana, que aseguraba que nunca se atrevería a presentarse delante de nadie. Pero quince minutos después ambas reaparecieron de muy buen humor y bien arregladas. Y Bab escapó por aquella vez de una merecida represión porque el tren estaba a punto de llegar.
Al primer sonido del silbato todos los ánimos se calmaron como por arte de magia. En seguida corrieron hacia el portón olvidando todos los contratiempos para esperar a los viajeros. La señora Moss se adelantó vivamente y fue la primera que saludó a la señora Celia cuando el coche se detuvo a la entrada de la avenida para que pudieran bajar el equipaje.
-Caminaremos hasta la casa y así podrá usted contarme las novedades -dijo la joven señora con su gentil manera después que la señora Moss les hubo dado la bienvenida y hubo presentado sus respetos al caballero, quien estrechó su mano con un cálido apretón que la convenció de que Thorny tenía razón cuando aseguraba que era "sencillo y llano", no obstante su condición de ministro protestante.
Para informarla de todo se había adelantado la buena mujer y le contó las últimas noticias lo más brevemente que pudo. Los recién llegados se alegraron al saber feliz a Ben, y poca atención prestaron al relato del fuego que prendiera Bab, aunque hubieran corrido el riesgo de quedarse sin techo.
-No hablemos más de eso. Todos tenemos que estar contentos hoy -dijo el señor George con tal afecto de bondad que la señora Moss experimentó la sensación de que le quitaban un gran peso del corazón.
-Bab siempre pedía fuegos artificiales, pero creo que, por ahora, tendrá suficiente rió Thorny, quien escoltaba galantemente a la madre de Bab a lo largo de la avenida.
-Todos ustedes son muy amables. La maestra estaba con los niños en la puerta de la escuela para saludarnos a nuestro paso, y aquí han puesto todo muy hermoso para recibirnos -manifestó la señora Celia sonriendo con lágrimas en los ojos, mientras se acercaba al gran portal que presentaba un aspecto imponente.
Randa y Katy, luciendo sus mejores ropas, estaban de pie a un costado; el señor Brown medio oculto tras el pórtico, del otro lado, sosteniendo a Sancho para que presentara sus respetos cuando apareciese la novia.
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