Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.205
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¡Ayúdame a bajar, papá!... -gritó Ben saltando del olmo sin preocuparse en donde iba a caer, como una ardilla que salta de rama en rama.
Su padre lo recibió en los brazos y corrió detrás de su hijo que recorrió la avenida para detenerse a la entrada de la casa asustado por el espectáculo que se ofreció a sus ojos. Las chispas que volaban habían encendido el techo en varios sitios y la chimenea vomitaba humo y tronaba como un pequeño volcán mientras con gritos desesperados Katy y Randa pedían agua.
-Sube con unos trapos mojados mientras yo saco la manguera -gritó el señor Brown, quien de una ojeada abarcó la magnitud del peligro.
Ben desapareció, y antes de que el padre desenrollara la manguera del jardín, ya estaba en el techo con una sábana chorreando agua. La señora Moss se percató al instante de lo que ocurría y corrió a cerrar la chimenea para que no entrara más aire. Luego de preguntar a Randa si las chispas no habían quemado el interior, corrió a ayudar al señor Brown, quien no sabía dónde estaban las cosas. Pero no en vano él había recorrido tanto mundo; sin mucho buscar encontraba los objetos que necesitaba. Viendo que la manguera resultaba demasiado corta para alcanzar el techo de la casa, buscó dos baldes de agua y apagó el fuego antes de que hubiese hecho daño. Siguió con ese procedimiento hasta que apagaron la chimenea, y Ben recorrió la galería para ver si no había quedado alguna chispa encendida que pudiese continuar el fuego.
Mientras todos trabajaban. Betty corría de un lado a otro con su baldecito lleno de agua tratando de ayudar y Sancho ladraba violentamente. Pero ¿dónde estaba Bab que siempre se presentaba cuando había alguna algaraza? Nadie la echó de menos hasta que el fuego fue sofocado y la gente se reunió a comentar el peligro del que habían escapado.
-¡Pobre señorita Celia!... No le habría quedado techo donde cobijarse si no hubiese sido por usted, señor Brown -exclamó la señora Moss dejándose caer en una sillita de la cocina, pálida aún de emoción. -Habría ardido todo con mucha facilidad, pero, por suerte, el peligro ha pasado. Vigilen el techo que yo daré una vuelta por el altillo para ver si allí no ha ocurrido nada. ¿No sabían que esa chimenea estaba sucia? -preguntó el hombre mientras se secaba la transpiración de su rostro tiznado.
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