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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.203

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Se cumplía la tercera semana de ausencia y como si no fuera bastante la felicidad gozada durante ese día, Ben leyó en la carta que su querida señorita regresaría el próximo sábado, Uno de los pasajes que más le alegró decía:
"Me gustaría que abrieran la puerta principal para que el nuevo dueño haga su entrada por ella. Procura tú que todo se realice según mis deseos y que las cosas estén en orden. Randa te dará la llave y si quieres puedes sacar a relucir todas tus banderas para que la vieja casona nos parezca más alegre a nuestro regreso al hogar."´
Aunque era domingo; Ben no pudo contenerse, y agitando la carta sobre su cabeza corrió a contar a la señora Moss las felices nuevas, dispuesto a empezar al momento los preparativos para recibir y dar la bienvenida a la señorita Celia (El no podía llamarla de otra manera.)
Durante el paseo por la tarde y bajo el cálido sol, Ben continuó hablando de ella sin cansarse de comentar lo feliz que había sido durante el verano que pasara bajo su techo. Y el señor Brown no se fatigaba de oírlo, porque a cada minuto que transcurría él comprobaba con más claridad, la buena influencia que ella había ejercido sobre el alma del niño. Aumentaba entonces su gratitud y el deseo de devolver de cualquier forma y aunque fuese muy humildemente, toda aquella bondad pudo realizar ese deseo suyo cuando menos esperaba que se presentaría una oportunidad.
El lunes fue a ver al señor Town y gracias a la buena, recomendación del alcalde lo contrataron a prueba por un mes, Pero se mostró tan hábil y se hizo tan necesario que pronto comprendieron que era el hombre ideal para aquel trabajo. Vivía en la parte alta de la colina, pero no dejaba de bajar diariamente, al atardecer, en dirección a la casita roja para ver a Ben, quien estaba tan atareado como si estuviesen por llegar el presidente y todo su gabinete.
Ordenaron la casa por dentro y por fuera. Limpiaron el gran portón principal, y después de grandes chillidos de goznes fue abierta de par en par. El primero en cruzarla fue Sancho, que lo hizo arrastrando una enredadera que había crecido en la cerradura del portón.
Las heladas de octubre habían respetado algunas hojas para que lucieran en esa ocasión.


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