Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.198
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El señor Town tiene una gran caballeriza no lejos de aquí y siempre ha dicho, que necesita un ayudante -comentó la señora Moss, ansiosamente, porque temía que Ben se alejara, ya que nadie podría impedir al padre que se lo llevase.
-Me gusta esa idea. Gracias, señora, procuraré hablar con ese hombre y probar suerte. ¿Te parece que tu padre descendería mucho si se convirtiera en un simple peón de caballos después de haber sido el primer jinete en el "Gran Coliseo y Casa de Fieras", Ben? -preguntó el señor Brown subrayando aquel pomposo título con grandes risas.
-No, no me importaría. Debe ser hermoso ver el gran establo lleno de animales y tener que cuidar más de ochenta caballos. El señor Town me llamó para que fuese a ayudarlo cuando monté la yegua arisca a la que todos temían. Estuve por aceptar, pero la señorita Celia había comprado los libros y pensé que se entristecería si no regresaba al colegio. Ahora estoy contento de no haber aceptado, pues soy uno de los mejores alumnos Y me gusta ir a la escuela.
-Has hecho bien, hijo. Estoy contento contigo. No seas nunca ingrato con los que te han hecho bien si quieres prosperar. Visitaré la caballeriza el lunes Y veré qué se puede hacer. Debo marcharme, pero volveré mañana por la mañana si usted me permite que lleve a pasear a Ben. Me gustaría pasar el domingo con él para que conversemos, ¿no te parece, hijito? -Y el señor Brown, que se había puesto de pie para partir, apoyó una mano sobre el hombro de Ben como si le costara separarse de él por una noche. La señora Moss se dio cuenta de eso y olvidando que el hombre era aún un desconocido, dejó hablar a su corazón bondadoso, que dijo:
-El camino hasta la posada es largo y tenemos una piecita desocupada en el fondo. No me producirá ninguna molestia, y si a usted no le incomoda pasar la noche en un lugar tan estrecho, puede quedarse.
El señor Brown se mostró complacido, pero vaciló antes de aceptar otro favor de aquella gentil señora que tanto había hecho por ellos. Pero Ben no le dio tiempo para responder, porque, corriendo hacia la puerta, la abrió de par en par y haciéndole señas con la mano le dijo ansiosamente:
-¡Quédate, papá!... ¡Será muy hermoso tenerte aquí!.
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