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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.196

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-¡Me alegro mucho de saberlo vivo y sano, señor Brown!... Pase y póngase cómodo. Creo que esta noche no debe haber niño más feliz que Ben.
-Y yo s¿ que no hay hombre más agradecido que yo por sus bondades con mi pobre y abandonado muchacho -respondió el señor Brown dejando a un lado la maleta y desprendiéndose del niño para poder dar un fuerte apretón de manos a la gentil señora.
-¡Vamos!... ¡Vamos!... A no decir ni una palabra más sobre ese asunto. A sentarse y descansar que yo en seguida prepararé un poco de té. Ben estará cansado y hambriento, pero se encuentra tan feliz que ni siquiera debe darse cuenta de ello - rió la señora Moss alejándose para ocultar las lágrimas que brotaban de sus ojos y deseando brindar un recibimiento cómodo y probar su hospitalidad.
Pensando así sacó su mejor juego de porcelana y llenó la mesa con golosinas en cantidad suficiente para una docena de comensales dando gracias a su buena estrella de que ese día lo hubiese dedicado a hacer cosas al horno y que todo le hubiera salido tan rico. Ben y su padre conversaron sentados junto a la ventana hasta que fueron llamados para sentarse a la mesa y• servirse todo lo que gustaran, ofrecimiento hecho con tanta bondad que las golosinas les resultaron más ricas aún a la hambrienta pareja.
Ben hacía una pausa de rato en rato para tocar con los dedos sucios de manteca la áspera manga del saco como si quisiera convencerse de que "papa" estaba realmente allí y el padre procuraba olvidar todas sus preocupaciones y emociones alimentándose como si la comida fuese algo desconocido en California. La señora Moss les sonreía a los dos por detrás de la enorme tetera con su sonrisa cándida de luna llena mientras Bab y Betty se interrumpían la una a la otra ansiosas de contar más cosas de Ben y referir cómo había perdido Sancho su cola.
-Bueno, ahora dejen hablar al señor Brown. Todos deseamos saber "cómo volvió a la vida" -pidió la señora Moss en tanto que todos se acomodaban cerca del fuego y dejaban tranquilos los pocillos de té.
No fue una historia larga la que relató, pero sí muy interesante. Contó toda su vida en lugares desiertos adonde fue en busca de potros salvajes, la patada que recibiera y que casi lo mata; los largos meses pasados inconscientes en un hospital de California; la lenta convalescencia, el viaje de regreso, el relato del señor Smithers sobre la desaparición del muchacho y luego la ansiosa búsqueda para ir a casa del alcalde Allen en procura de noticias del niño.


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