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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.195

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-¿Qué sucede? -preguntó Bab acercándose rápidamente con los puños apretados.
Pero no hubo necesidad de darle explicaciones, porque cuando entró en la sombra y vio al hombre se quedó mirándolo como si fuese un fantasma. -¡Benny!... ¡Soy papá!... ¿No me conoces? -preguntó el hombre con voz temblorosa mientras apartaba al perro y tendía sus brazos al muchacho.
Las nueces rodaron por el suelo y gritando: "¡Oh, papá!... ¡papito mío!..." Ben se arrojó a los brazos del desconocido de chaqueta de terciopelo raída mientras el pobre Sancho daba vueltas en derredor ladrando locamente como si esa fuese la única manera de demostrar su alegría.
-Bab y Betty no se detuvieron a mirar lo que ocurrió después porque como dos asustados pollitos saltaron y corrieron para comunicar la asombrosa noticia de que... el padre de Ben ha vuelto y Sancho lo reconoció al instante.
La señora Moss acababa de concluir sus tareas y se disponía a descansar antes de poner la mesa, pero saltó del sillón hamaca cuando las niñas le contaron la extraordinaria historia y exclamó no bien las niñas terminaron.
-¿Dónde está él? Tráiganlo para aquí. Esa noticia me ha trastornado.
Antes de que Bab tuviese tiempo de obedecer o su madre ocasión de tranquilizarse llegó Sancho y se puso a dar vueltas en derredor como un trompo enloquecido, ya parándose sobre la cabeza, caminando sobre las patas traseras, danzando y ladrando al mismo tiempo, pues el buen animal había perdido en tal forma la cabeza que hasta habíase olvidado de la pérdida de su cola.
-¡Mi Dios!... ¡Pero si son iguales!... En cualquier lugar que lo hubiese encontrado habría adivinado que era el papá de Ben -exclamó la señora Moss corriendo muy agitada en dirección a la puerta.
En verdad se parecían mucho y resultaba cómico ver las mismas piernas combas, el sombrero puesto igual, idéntico brillo en los ojos, la misma sonrisa bondadosa y el andar elástico. El viejo Ben llevaba la maleta en una mano mientras el joven se colgaba de la otra, un poco confuso por la emoción que apenas podía dominar y que denunciaban las mejillas húmedas de lágrimas, pero demasiado feliz para disimular la alegría enorme que experimentaba al tener de nuevo a su padre junto a él.
La señora Moss, sin que ella se diera cuenta de eso, estaba muy hermosa cuando de pie, en la puerta de su casa, el rostro resplandeciente de júbilo y los brazos extendidos decía con voz amable que era una cordial bienvenida:


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