Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.194
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-¿Es usted empresario de circo? -preguntó Bab rápidamente.
-No, creo que no. Por lo menos, ahora no trabajo en eso... -Me alegro que así sea. Nosotros no estamos de acuerdo con esa vida aunque yo, particularmente, creo que es maravillosa. Bab empezó a hablar repitiendo las palabras de la señorita Celia, pero terminó con aquella expresión de admiración que contrastaba con su primera declaración.
Betty agregó ansiosamente:
-No dejaremos partir a Ben bajo ningún pretexto. El tampoco querrá irse y la señorita Celia se enojará si eso ocurriera. Por eso, no le pida que lo acompañe.
-Supongo que él resolverá lo cine desee. ¿No tiene parientes?
-No. Su padre murió en California y él sufrió mucho al enterarse. Nosotros también nos apenamos como él y le ofrecimos cine compartiera nuestra mamá para que no se sintiese tan solo -explicó Betty con su tierna vocecita y con una mirada tan suplicante que el hombre se inclinó para acariciarle la mejilla y decir muy suavemente:
-¡Dios te bendiga por eso, hija mía!... Yo no lo llevaré lejos ni haré nada que pueda ocasionarle algún sufrimiento a quienes han sido tan buenos con él.
-Allí se acerca. Oigo a Sancho que ladra a las vizcachas -exclamó Bab incorporándose para ver mejor.
El hombre se volvió rápidamente y Betty observó que parecía muy agitado mientras clavaba la mirada hacia el poniente donde el sol, al desaparecer, levantaba una hoguera roja entre los arces.
Y en ese lugar, iluminado apareció el desprevenido Ben silbando "Rory O´Moore" con toda energía y caminando y cargando tina pesada bolsa de castañas sobre sus espaldas iluminado por los últimos resplandores del sol. Sancho fue el primero que vio al desconocido, pues la luz enceguecía a Ben. Desde que se perdiera odiaba a los vagabundos y no bien distinguió al hombre comenzó a gruñir y a mostrar los dientes queriendo prevenirlo.
-No te hará daño... -comenzó a decir Bab para tranquilizarlo, pero antes de que pudiese agregar una palabra más el perro había dado un formidable salto y se había lanzado al cuello del desconocido como si fuese a morderlo.
Betty gritó y Bab se aprestaba a socorrer al hombre cuando vieron que el animal le lamía la cara con alegría y que aquél abrazaba la crespa cabeza y decía:
-Mi bueno y viejo Sancho... Ya sabía que no olvidarías a tu amo.
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