Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.192
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-¿Qué te parece? ¿Traerá Ben su canasto lleno? Nos divertiremos comiendo nueces y castañas mientras anochece -manifestó Bab cruzando las manos bajo su delantal porque era octubre y el aire se ponía muy fresco.
-Mamá dijo que podemos calentar las castañas en nuestras ollitas y Ben nos prometió la mitad de su cosecha -dijo Betty pensando aún en sus tareas culinarias.
-Guardaré algunas para Thorny.
-Y yo muchas para la señorita Celia.
-¿No te parece que ya ha pasado mucho tiempo desde su partida?
-Quisiera saber qué nos traerán.
Antes que Bab tuviese oportunidad de hacer conjeturas al respecto ruido de pasos y un silbido familiar las hizo mirar ansiosamente en dirección al camino y prepararse para gritar a voz en cuello: "¿Cuántas trajiste?" Pero ambas permanecieron sin pronunciar ni una sola palabra porque la figura que se detuvo frente a ellas no era le da Ben sino la de un desconocido, la de un hombre que dejó de silbar y se acercó lentamente quitándose el polvo de los zapatos en el pato y cepillándose las mangas de su gastada chaqueta de pana como si quisiese conseguir un aspecto más presentable.
-Es un vagabundo. ¡Huyamos!... -susurró Betty luego de dirigir una rápida ojeada al desconocido.
-Yo no tengo miedo -aseguró Bab resolviendo adoptar una actitud valiente, pero un repentino estornudo echó por tierra su compostura y tuvo que tomarse con fuerza del portón.
El hombre levantó la vista, mostró su rostro curtido y clavó en ellas la mirada de sus ojos renegridos con tal fijeza que Betty se echó a temblar y Bab pensó que hubiese sido mejor ponerse a salvo detrás del portón.
-¿Cómo están ustedes? -preguntó el hombre con bondadosa sonrisa procurando tranquilizar a las niñas que lo miraban asombradas y asustadas.
-Muy bien, gracias, señor -respondió Bab cortésmente devolviendo el saludo.
-¿Hay gente en la casa? -preguntó el hombre mirando hacia la vivienda por encima de las cabezas de las niñas. -Solamente está mamá. Los demás han ido a casarse.
-Eso suena muy bien y produce alegría. En otros lugares la gente sólo habla de entierros -v el hombre rió al mismo tiempo que observaba la gran casona sobre la colina.
-¿Conoce usted al alcalde? -inquirió Bab muy sorprendida y ya tranquilizada.
-Tengo el propósito de ir a verlo. Ahora estoy dando unas vueltas para entretenerme hasta que él regrese -dijo el desconocido exhalando un impaciente suspiro.
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