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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.188

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-Nunca pensé que podría haber hecho eso -confesó Sam observando la habilidad de Ben.
-Creía que habías escrito tantas veces "mira bien antes de saltar" que la frase había terminado por entrar en tu cabeza dura -comentó Ben burlonamente-. Pon un pie aquí. Tómate de mi mano.
Sam obedeció y Ben se sentó sobre las maderas para que no se moviesen en tanto que el embarrado Robinson Crusoe atravesaba lentamente el puente, paso a paso, hasta llegar a salvo y sentir la tierra firme bajo sus pies. Entonces se volvió a decir burlón y desagradecido:
-Y ahora, ¿qué va a ser de ti, rana vieja?
-Las tortugas embarradas no saben salir si no las ayudan, pero las ranas saltan y no se asustan por un poco de agua -contestó Ben y, ágilmente, corrió hacia otro lado. Sam se metió en el arroyuelo que corría cerca del sendero para quitarse el barro que le cubría las piernas antes de presentarse delante de su madre y salía del agua y se hallaba estrujando los vestidos cuando reapareció Ben nuevamente tranquilizado y muy contento con el pacto que había celebrado a su favor y al de sus amigos.
-Lávate mejor la cara. La tienes llena de manchas. Aquí tienes mi pañuelo si el tuyo está mojado -dijo ofreciéndole uno bastante sucio que ya había prestado servicio de toalla.
-No lo quiero -contestó Sam ásperamente mientras sacaba el agua de sus zapatos embarrados.
-A mí me enseñaron a decir "gracias" cuando alguien me sacaba de un apuro, pero tú nunca has sido muy bien educado aunque hayas vivido siempre en una casa bajo techo -le dijo sarcásticamente Ben, repitiendo la frase que tanto le había dirigido el otro en son de burla. Después se alejó muy disgustado con la ingratitud de los hombres.
Sam olvidó los buenos modales, pero recordó sus -promesas y las observó tan fielmente que la escuela entera estaba asombrada. Nadie podía adivinar cómo había obtenido Ben ese poder secreto que ejercía sobre Sam y que se daban cuenta existía porque en cuanto éste intentaba comenzar con alguna de sus antiguas burlas Ben levantaba un dedo y lo sacudía amenazadoramente o bien gritaba "juncos", Sam obedecía sumiso aunque de mala gana con gran asombro de sus compañeros. Cuando se le preguntaba qué significaba eso, Sam se tornaba irascible. Ben, en cambio, se divertía en grande asegurando a los otros muchachos que aquello era el santo y seña de una sociedad secreta a la cual pertenecía él y Sam y les prometía darles todos los detalles si Sam se lo permitía, lo cual, por supuesto, nunca ocurría.


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