Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.186
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-¿Eres tú, Sam? Estás en el lugar que te corresponde -y los ojos de Ben comenzaron a brillar con travieso fulgor, pues el espectáculo que ofrecía Sam hubiese divertido a la persona más formal.
Prendido de aquella saliente, las piernas encogidas en el barro, el rostro desmayado, salpicado de lodo y la mitad del cuerpo que tenía fuera, negra, como si la hubiese sumergido en un tintero, ofrecía un aspecto tan dolorosamente cómico que Ben se puso a bailar y a reír a su alrededor como un alegre fuego fatuo que conduce a un viajero por caminos extraviados y luego le hace bromas.
-¡Basta ya o te arrancaré la cabeza!... -rugió Sam furioso. -Sal y hazlo. Aquí te espero -respondió Ben fingiendo aprontarse para pelear mientras el otro hacía esfuerzo para no caerse de su percha.
-No te rías. Sé bueno y sácame de algún modo o me moriré aquí, en medio de esta fría humedad -lloriqueó Sana cambiando de tono y dándose cuenta de que era Ben quien dominaba la situación.
También Ben lo comprendió así, y, aunque era un muchacho de buen corazón, no pudo resistir el deseo de aprovecharse de esa ventaja, por lo menos durante unos instantes.
-No quisiera reírme, pero no lo puedo remediar. Te pareces tanto a una enorme rana gorda y manchada que no se puede contener la risa. Te sacaré en seguida, pero antes tengo que hablar contigo -dijo Ben muy serio acercándose a Sam y sentándose cerca de él.
-Apúrate entonces. Estoy duro de frío y no me divierte hallarme prendido de este tronco -gruñó Sam muy incómodo.
-Me lo imagino, pero "eso es bueno para ti", como dices tú cuando me golpeas en la cabeza. Escucha: te he encontrado en un aprieto y no te ayudaré hasta que me prometas que, en lo sucesivo, me dejarás tranquilo. Vamos, ¡promételo!... -y el rostro de Ben se tornó grave al recordar las maldades de su enemigo a quien miraba con ojo severo.
-Te lo prometeré si tú no cuentas a nadie lo sucedido -respondió Sam mirándose y observando a su alrededor con gran disgusto.
-Eso lo veremos...
-Entonces no te prometo nada. No quiero que toda la escuela se burle de mí rezongó Sam que temía al ridículo mucho más que Ben.
-Muy bien. Buenas noches, entonces -y Ben se alejó con las manos en los bolsillos tranquilo como si Sam quedara en el pantano como en su refugio predilecto.
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