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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.185

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Sam dio dos o tres saltos pero que no lo llevaron, precisamente, en dirección a los juncos como él esperaba, sino dentro de un charco de agua fangosa donde comenzó a hundirse con rapidez alarmante. Muy asustado procuró salir pero apenas si pudo acercarse a un grupo de altas hierbas y prenderse de ellas para tratar de libertar sus piernas. Lo consiguió por fin, pero no pudo llegar hasta el montículo de tierra firme y salir de aquel mar de barro. Exhaló, entonces, un gritó angustiado y se puso a pensar en las sanguijuelas y las culebras que andarían por debajo del agua esperando poder prenderse de sus pobres piernas. El recuerdo de la vaca desaparecida cruzó por su mente y entonces volvió a lanzar otro gritó que se parecía esta vez a un mugido.
Muy pocos pasaban por esos lugares y el sol comenzaba ya a ocultarse. La terrible perspectiva de tener que pasar una noche en el pantano le dio brío para hacer un nuevo esfuerzo y tratar de refugiarse en el islote de juncos que estaba más cercano que la orilla. Pero fracasó y se vio forzado a quedarse prendido de una prominencia que bien podían ser los cuernos de "la pobre vaca" cubiertos de musgo. Por último se quedó quieto y comenzó a pedir auxilio a gritos y en todos los tonos que puede modular la voz humana. Gritos, aullidos y gruñidos como aquellos jamás se habían oído por esos solitarios pantanos y asustaron a la grave rana que residía allí en un tranquilo refugio.
Sam no esperaba más respuesta que el graznido del cuervo que sentado sobre una cerca lo observaba con interés y cuando un alegre "¡hola!, ¿quién está allí?" llegó desde el camino se sintió tan contento que dos gruesas lágrimas rodaron por sus rollizas mejillas.
-¡Acércate! ¡Soy yo que estoy en el pantano! ¡Dame una mano y ayúdame a salir!... -gritó Sana esperando ansiosamente que apareciera su salvador porque hasta ese momento sólo había podido divisar un sombrero que surgía y se escondía entre los avellanos que crecían a los lados del camino.
Los pasos se acercaron entre los árboles y entonces, por sobre el cerco, apareció una figura muy conocida que hizo dar ganas de sumergirse en el barro al pobre Sam para desaparecer de su vista. Porque de todos los muchachos conocidos, el último que hubiera deseado que lo viese en esas lastimosas condiciones era aquél, Ben.


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