Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.184
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No hubiese sido posible decir cuál de los dos bandos trabajaba con más ahínco, ya que los muchachos se reunían frente a la escuela a levantar la barricada antes de que comenzaran las clases y las niñas se quedaban luego de finalizadas las tareas del día para echar abajo hasta el último obstáculo puesto durante el recreo de la tarde. Y los muchachos podían oír los gritos y risas de las niñas, el ruido de los leños al caer y cómo se venía abajo la barrera tan levantada. Después, cuando las niñas entraban sonrosadas, sin aliento pero triunfantes, los varones salían corriendo a reconstruir la barrera y trabajaban afanosamente hasta dejarla firme y fuerte.
De este modo se divertían, y los únicos que salían un poco mal parados de aquellos juegos eran los dedos, que a veces se llenaban de astillas, los zapatos y los pobres leños zarandeados. Pero algo más resultó de aquel juego: fue hecha la paz entre dos de los participantes.
Después de que se realizara la gran fiesta, Sam volvió a su antiguo placer de atormentar a Ben llamándole con sobrenombres ofensivos y, como no le costaba nada inventar motes ridículos, los pensaba para dirigírselos en los momentos durante los cuales más podía molestarlo. Ben soportaba como mejor podía al fastidioso muchacho, pero al fin y como les sucede siempre a los que saben tener paciencia, la fortuna se puso de su parte y pudo poner freno a su atormentador.
Tan pronto como las niñas demolían la pila de leños, festejaban el triunfo usando sus peines como flautas y sus jarros como tambores y los muchachos, a su turno, silbaban y tamborileaban con palos en la pared del cobertizo. Billy trajo su tambor y a Sam se le ocurrió revolver la casa hasta encontrar un tambor viejo de su hermana para unirse a la banda. Pero no tenía los palillos y pensó hacerlos con unos juntos.
"Me servirán a las mil maravillas, si puedo conseguirlos", se dijo saliendo del camino que conducía a su casa para ir a buscarlos.
Por allí había un pantano muy traicionero y se contaba una trágica historia de una vaca que cayó en él y se hundió, y fue hundiéndose en el barro hasta que sólo sus cuernos se vieron. Sam había visto saltar ágilmente a Ben de un montículo a otro cuando iba a juntar velloritas que allí crecían en profusión para Betty.
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