Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.183
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La señorita Celia sostuvo el mentón para observar la carita morena que le devolvía con honestidad la mirada.
-No, no deseo volver..., a no ser que él fuese allí y me necesitara a su lado.
Tembló el pequeño mentón pero los ojos negros miraban fijos y la voz sonaba sincera. Ella comprendió que decía la verdad. Acarició suavemente con su mano blanca la ensortijada cabeza y respondió con esa tierna voz que el niño tanto amaba, pues nunca le habían hablado así:
-Tu papá no volverá allá y, como sé que te quiere, estoy segura de que se alegrará de verte en este hogar. Ahora vete a vestir, pero antes dime si ha sido éste un cumpleaños feliz.
-¡Ah, señorita!... ¡Nunca imaginé que pudiese ser tan hermoso y éste es el momento más dichoso de todos! ... No sé cómo agradecérselo, pero probaré a hacerlo.
- Y no contento con sus palabras, Ben echó los brazos al cuello de la joven. Luego, avergonzado de su gesto, se arrodilló y se puso a desatar la única zapatilla que le quedaba.
Pero a la señorita Celia le agradó su gesto más que cualquier palabra que hubiese podido decirle y se alejó caminando bajo la luz de la luna diciendo para sí: "Si puedo hacer volver una oveja descarriada al redil demostrare que puedo ser una buena esposa para un pastor."
CAPÍTULO 22
Muchos días pasaron antes de que los niños se cansaran de hablar de la fiesta de cumpleaños de Ben, pues fue ésta un suceso maravilloso en el mundo de la gente menuda. Pero luego otros intereses ocuparon sus cabezas y comenzaron a trazar planes para los juegos que harían durante la recolección de las mieses, faena que, invariablemente, seguía a las primeras heladas. Mientras aguardaban a que Jack abriese las barreras que les impedían llegar a los castaños trataron de matizar la monotonía de los días escolares con un juego que llamaban "la pelea de los leños".
A las niñas les gustaba jugar en la cochera semivacía y los muchachos, por el simple placer de molestarlas, declaraban que eso no les agradaba y bloqueaban el portón de acceso no bien las niñas terminaban de despejarlo. Advirtiendo que la riña era un pretexto para divertirse y que el ejercicio les sentaba mejor que estar tendidas tomando sol, o leyendo dentro del aula, la maestra se abstenía de intervenir y la barrera caía y ´se levantaba continuamente.
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