Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.181
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Pero, ¿quién era esa criatura alada, brillante y etérea, con una corona dorada, un pequeño arco en la mano y una zapatilla blanca levantada mientras la otra parecía apenas tocar la montura? Al principio nadie lo reconoció, tan extraordinaria y hermosa era la aparición. No es de extrañar que nadie descubriese a Ben bajo aquel singular disfraz, sin embargo, esas ropas eran tan familiares para él como los pantalones azules para Billy o los trajes de buen corte para Thorny. ¡labia rogado tanto para que se le permitiese presentarse "una vez más", como solía hacerlo cuando "papá" lo alzaba sobre el lomo del viejo "General", para que cientos de espectadores lo admiraran, que la señorita Celia había dado, al fin, su consentimiento aunque muy a pesar suyo. Rápidamente le arregló un disfraz con un brillante tarlatán, las viejas zapatillas de baile de la joven le calzaron muy bien y Ben, seguro de su dominio sobre Lita, prometió no romperse los huesos. Varios días pasó pensando que podría, finalmente, demostrar a los muchachos que no había mentido cuando relató sus proezas, habilidades y pasadas glorias.
Antes de que los niños volvieran de su asombro Lita comenzó a dar señales de que le molestaban las candilejas. Entonces Ben alzó las riendas que caían sobre el lomo del animal, profirió el antiguo gritó de "¡op-la!.-." y dejó que Lita marchara como lo hacía cuando la sacaba de la cochera para dar un galope.
-Dénse vuelta lentamente y podrán verla bien. Pero no se muevan hasta que ella vuelva -ordenó Thorny al notar signos de nerviosidad en el excitado auditorio.
Obedientes, los veinte niños giraron al mismo tiempo la cabeza como movidos por un resorte y vieron la fantástica figura iluminada por la luna que se movía de un lado a otro acercándose a veces hasta permitirles distinguir el rostro sonriente bajo la corona de oro, alejándose tanto, otras, que semejaban una luciérnaga entre el verde sombrío de los árboles. Lita disfrutaba como de costumbre con ese galope, y caracoleaba como si ansiara compensar su falta de habilidad con rapidez y obediencia. No hay palabras que puedan relatar cuánto y cómo gozó Ben con aquel paseo, y además pudo comprobarse el gran bien que le habían hecho tres meses de vida reposada y laboriosa. Porque mientras hacía alegres piruetas bajo las ramas cargadas de manzanas rojas y amarillas, ya maduras, se dio cuenta que esa carrera al aire libre y ante un auditorio formado exclusivamente por sus pequeños camaradas gozaba más que cuando se exhibiera bajo aquella gran carpa llena de animales, hombres de todas clases y mujeres pintadas.
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