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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.169

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--Yo no quiero ir allá - fue la rápida respuesta del niño.
-¿Por qué no? -preguntó severamente Betty.
-Allá no hay barro. Así me lo dijo mamá, y a mí me gusta jugar con barro. Me quedare aquí donde abunda. -Y el inocente niño comenzó a arrancar yuyos del suelo.
-Temo que seas un niño muy malo.
-¡Oh!... ¡Lo soy!... Mi papá lo dice a menudo, y él sabe mucho -replicó Alfred con un involuntario temblor que respondía tal vez, a tristes recuerdos. Luego, como si ansiara cambiar de conversación y que esta no versase sobre temas tan personales, preguntó señalando en dirección a una hilera de burlones rostros que asomaban sobre el muro:
-¿Esos son los blancos de ustedes?
Bab y Betty levantaron rápidamente la cabeza y reconocieron las caras familiares de sus amigos.
-¡Debieran avergonzarse de espiar antes de que comience la fiesta!... -les gritó Bah frunciendo amenazadoramente las cejas.
-La señorita Celia nos dijo que viniéramos antes de las dos para recibir a los invitados si ella no estaba lista todavía -agregó Betty para darse importancia.
-Están dando las dos. ¡Entremos, niñas!... -invitó Sally Folsom trepando por encima de la cerca seguida de varias audaces como ella. En ese momento apareció la señorita de la casa.
-Parecen ustedes amazonas que toman por asalto un fuerte -les dijo mientras las niñas se acercaban provistas cada una de sus arcos y flechas-. ¿Cómo está usted, señor? Hace tiempo que aguardábamos su visita -agregó la señorita Celia dando la mano al hermoso muchachito, quien ya estaba impaciente esperando el reparto de dulces y caramelos.
En ese momento apareció un tropel de muchachos y ya no se hicieron más comentarios porque todos ansiaban que comenzase la fiesta. La columna se puso en marcha precedida por Ben, que ocupaba el sitio de honor, mientras las niñas y los niños lo seguían en parejas tomados del brazo, con los arcos colgados del hombro en correcta formación.
Thorny y Bill eran los músicos e iban uno con su trompeta y el otro con su tambor tocando con brío una marcha a cuyo compás se movían todos los pies. Los ojos brillaban de alegría y los cuerpos se movían con gracia. El pequeño extranjero llevaba el premio delicadamente colocado sobre un almohadón rojo. Lo sostenía con gran dignidad y caminaba al lado del portaestandarte, Cy Fay, quien llevaba la bandera preferida de Ben: blanca como la nieve con una guirnalda verde que rodeaba un arco y una flecha.


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