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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.166

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-Te equivocas. Bab puede ser una seria competidora. Tira tan bien como Ben y desea ganar el premio tanto como los dos muchachos. Habrá que darle también su oportunidad.
-La tendrá, ´pero no conseguirá nada. Las muchachas no pueden ganarle a los varones, por más deseos que tengan de conquistar el premio.
-Si yo tuviese mis dos brazos sanos te enseñaría lo que una mujer es capaz de hacer cuando quiere. No te vayas tan alto, jovencito, porque puedes venirte abajo -advirtió la señorita Celia divertida con la fatuidad de su hermano.
-No hay peligro de que eso ocurra -aseguró Thorny y con toda calma se alejó en busca de los cartones que ¡bu a llevar para que Ben practicara.
-Veremos... -contestó la señorita Celia quien, a partir de ese momento se propuso hacer de Bab su alumna y dar una lección al señor Thorny, a quien le gustaba demasiado creerse superior e infalible.
También hacía aquello con un poco de traviesa intención, ya que ella, no obstante sus veinticuatro años. era una niña aún en lo más íntimo de su corazón y deseaba demostrar que las niñas podían triunfar y llegar a hacer lo que se proponían con paciencia y tenacidad.
De modo que se ocupó de adiestrar a Bab mañana y tarde, guiándola con la mano que tenía sana. Bab estaba encantada pensando que podía llegar a competir por su club en el concurso.
Le dolían los brazos y se le endurecían los dedos cuando ponía el arco tenso, pero era infatigable y como, además, era más fuerte y alta de lo que correspondía a su edad y tenía una gran disposición para los deportes, progresó mucho y rápidamente. Aprendió a tirar flecha tras flecha y cada vez con mayor seguridad y más cerca del blanco.
CAPÍTULO 20

UN grandioso despliegue de banderas y gallardetes se movían agitados por la brisa aquella mañana de septiembre, día en que Ben cumplía sus trece años. Algo extraño parecía haber invadido la vieja casa, pues estandartes de toda forma y tamaño, color y diseño se agitaban desde el interior hasta la galería, desde el "porch" hasta la puerta de entrada, con lo cual, ese lugar tan apacible, parecía una carpa de circo: lo que más deseaba Ben y lo que más feliz le hacía.
Los muchachos se habían levantado muy temprano para preparar todo, y la brisa matutina hacía hacer extrañas contorsiones a los pendones a medida que los iban colgando.


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