Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.158
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Como la maestra era una mujer comprensiva hizo cuanto pudo para facilitarle los comienzos. En lectura y escritura demostró ser bueno y orgullosamente se colocó entre los muchachos de su misma edad; pero cuando llegó el turno de demostrar sus conocimientos en aritmética y geografía tuvo que descender casi hasta la altura de los principiantes, no obstante los esfuerzos que hiciera Thorny para "sacarlo a flote". Esto lo mortificaba enormemente y en algunas ocasiones tuvo que sentarse al lado de la querida Betty, quien se condolía cuando el se equivocaba y sonreía con verdadera alegría cada-vez que Ben la aventajaba, coa que fue ocurriendo poco a poco con mayor frecuencia. Ella no era una niña muy inteligente y avanzaba con trabajo, muy por detrás de Bab que ya se destacaba entre las alumnas mayores que ella.
Afortunadamente, Ben era un muchacho bajo e inteligente, de modo que no quedaba muy fuera de lugar entre los niños de diez y once años. Había tomado con tanto empeño sus estudios como en otra época sus entrenamientos para dar un salto en alto o tocarse la cabeza con los talones. Esa clase de ejercicios le habían dado vigorosa elasticidad a su pequeño cuerpo; ahora le tocaba el turno de adiestrar su mente para que sus facultades le respondieran con tanta rapidez y seguridad como sus músculos que le permitían ubicarse con confianza donde cualquier otro podía haber temido caer y romperse la nuca. Su consuelo era comprobar que aunque los ejercicios de aritmética le daban mucho trabajo, podía en cambio pegar saltos mortales y quedar firme y derecho sobre el suelo como no sabría hacerlo ningún otro. Cuando losmuchachos se burlaban de él al oírle decir que China estaba en África, los dejaba mudos revelando los conocimientos que poseía acerca de los animales que poblaban aquel país. Y cuando lo nombraron "el número uno en lectura" se sintió muy orgulloso y superior a sus compañeros.
La maestra lo estimulaba cuanto le era posible y corregía sus muchos errores con tal paciencia que Ben dejó de sentirse intimidado y afligido y trató de abrirse paso hacia adelante. Nadie pudo dejar de respetar sus esfuerzos y todos disimularon sus torpezas. De este modo se deslizó la primera semana y, aunque el corazón del muchacho más de una vez se había encogido de vergüenza frente a la lucha con su propia ignorancia, se propuso vencer, volvió a reanudar la batalla al lunes siguiente con renovado celo y nuevos bríos provocados, sobre todo, por la alegre charla que sostuviera con la señorita Celia el domingo al atardecer.
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