Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.155
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-¡Niños!... Eso es lo que deben prometerme que nunca harán. Tiren al blanco cuanto quieran, pero no hagan daño a los pájaros -pidió la señorita Celia, mientras armaba a Ben con el equipo de arcos y flechas que le perteneciera y que hacía tanto tiempo no usaba.
-No lo haremos si tú nos lo pides, pero estoy seguro que, con un poco de práctica bajaría cualquier pájaro de un árbol tan bien como lo hacía ese personaje del cual nos leíste la historia -respondió Thorny, a quien le había gustado ese relato tanto como a su hermana le causara pena la matanza de inocentes pajarillos.
-Bien podrías pedirle prestada al alcalde su vieja lechuza embal- amada y usarla de blanco. Podríamos practicar y como es grande, tendría más probabilidades de acertar bromeó su hermana que acostumbraba a burlarse de Thorny cuando éste se daba aires de importancia.
La única respuesta de Thorny fue arrojar una flecha hacia arriba, y tan alto fue que se perdió de vista y tardó unos segundos en descender y clavarse en el suelo, cerca de ellos. Sancho la trajo entre sus dientes, muy contento con ese juego en el cual él también podía intervenir.
-No está mal... Ahora, Ben, tira tú ...
Pero Ben tenía muy poca experiencia en materia de tiro con arco y no obstante sus esfuerzos para imitar a su predecesor, la flecha dio un débil salto y descendió peligrosamente cerca de la nariz levantada de Bab.
-Si ustedes ponen en peligro la vida y la integridad de los demás, lo único que conseguirán será que yo les confisque las armas. Tomen la huerta como campo de práctica. Es un lugar seguro y nosotras los miraremos desde aquí. Si tuviera sanas las manos les dibujaría un hermoso blanco -y la señorita Celia miró apesadumbrada el brazo que de muy poco le servía aún.
-También tú podrías tirar. Vencerías a todos v yo me sentiría muy orgulloso de ti aseguró Thorny con afectuoso acento de persona mayor.
-Gracias. Pero puedo cederle mi lugar a Bah y Betty, si ustedes les fabrican algunos arcos y flechas. Ellas no podrán usar esos tan grandes.
Los jóvenes caballeros no tomaron la sugestión con tanto entusiasmo como esperaba la señorita Celia. La verdad fue que ambos se mostraron más bien indiferentes, como ocurre generalmente cuando se les propone a los muchachos que acepten en sus juegos a dos niñas pequeñas.
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