Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.152
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-Lo único que necesitas es práctica. Yo fui un gran tirador, pero ahora no creo que pueda acertar a otra cosa que no sea la puerta del granero -comentó Thorny para darle ánimos.
En tanto que los muchachos se alejaban con gran ruido de botas y rechinar de espuelas. Bab observó con, ese tono de señorita que había adoptado desde que se dedicara con entusiasmo a la costura:
-Nosotras acostumbrábamos a hacer arcos con ballenas cuando éramos más chicas, pero ahora somos demasiado grandes para entretenernos con eso.
-Yo me divertiría lo mismo, pero Bab, como ya cumplió los once años, no quiere jugar más -declaró honestamente Betty que en ese momento alisaba su aguja en el esmeril.
-La gente adulta también practica la ballestería, como se llana en Inglaterra a tirar con arcos y flechas. Días pasados estuve leyendo algo a ese respecto y vi una fotografía de la reina Victoria con un arco. De modo que no tienes por que avergonzarte, Bab -dijo la señorita Celia quien se puso a revolver los diarios y revistas que tenía junto a su sillón buscando aquella fotografía de que hablara.
Por su parte consideraba que ese nuevo entretenimiento divertiría tanto a los muchachos como a las niñas.
-¡Una reina!... ¿Te das cuenta? -comentó Betty muy asombrada y también complacida de que su amiga no la considerara una tonta porque se divertía con esos sencillos juguetes fabricados en casa.
-En épocas pasadas, los arcos y las flechas eran usados en los combates y ya hemos leído cómo los arqueros ingleses oscurecían el cielo con las flechas y cómo mataban a sus enemigos.
-También los indios las usaban. Yo he encontrado algunas flechas de piedra junto al río hundidas en el barro -exclamó Bab demostrando repentino interés. Las batallas atraían su atención más que las reinas.
-Mientras ustedes dan termino a sus costuras yo les contare una breve historia sobre los indios - dijo la señorita Celia recostándose sobre los almohadones mientras las agujas se movían sin cesar en las pequeñas manos.
-I-lace más o menos cien años, en un pequeño campamento a orilla del río Connecticut vivía una niñita llamada Matty Kilburn. Sobre una colina se alzaba el fuerte adonde la gente corría en busca de protección cuando amenazaba algún peligro. El país era poco conocido y salvaje y más de una vez los indios habían bajado por el río y habían quemado las casas, matado a los hombres y llevado prisioneros a mujeres y niños.
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