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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.151

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Comportarse con bondad y gentileza no era suficiente. Ella debía hacer algo que demostrara su valor y sorprendiera a todos, pero no se le presentaba ninguna oportunidad. Betty era tan afectuosa como siempre y los muchachos muy bondadosos, pero a ella no se le escapaba que ambos niños preferían a la pequeña Bet, como la llamaban, por haber sido quien encontrara a Sancho, demostrando gran arrojo al defender al perro de aquellos que la aventajaban en número y fuerza.
Bab no confió a nadie sus sentimientos. Muy por el contrario: procuraba ser amable mientras esperaba que llegase su oportunidad. Y cuando ésta llegó, se comportó lo mejor que pudo, aunque no consiguió que su acción tuviera un matiz heroico que aumentase su valor.
El brazo de la señorita Celia mejoraba rápidamente, pero, por supuesto, no podría hacer uso de él hasta dentro de mucho tiempo. Habiendo descubierto que la lectura de la tarde la entretenía tanto como a los niños, empezó a sacar sus viejos libros favoritos, con lo que disfrutaba de un doble placer ya que veía que el pequeño auditorio se deleitaba como se deleitara ella de niña. Para todos, a excepción de Thorny, aquellas historias eran completamente nuevas. Uno de estos relatos divirtió extraordinariamente a los niños y produjo una gran satisfacción a uno de ellos.
-Celia, ¿trajiste nuestros viejos arcos? -preguntó con ansiedad su hermano al mismo tiempo que ella abandonara el libro del cual había leído "No malgastes, no pidas" y "Dos cuerdas para tu arco". -Sí, traje todos los juegos que dejamos guardados en el desván cuando salimos de viaje. Los arcos están en la caja larga donde hallaste las cañas de pescar y las paletas. Creo que el viejo carcaj y las pocas flechas que quedan también están allí. ¿Qué se te ha ocurrido? -preguntó a su vez la señorita Celia, mientras Thorny echaba a correr con gran prisa.
-Voy a enseñar a Ben a tirar al blanco. Es una excelente diversión para esta época calurosa. Pronto tendremos unos buenos tiradores y tú podrás otorgar premios a los mejores. Vamos, Ben... Hay suficiente cuerda como para poner los arcos en condiciones. Luego haremos una exhibición de tiro al blanco para las damas.
-Yo no sabré. Jamás tuve un arco entre las manos. El pequeño dardo que sostenía cuando hacía de Cupido no servía para nada - respondió Ben, a quien le parecía que aquel niño "prodigio" que fuera él en otro tiempo no tenía nada que ver con el joven respetable que en aquellos momentos caminaba del brazo del joven dueño de casa.


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