Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.150
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Sancho se comportaba con digna afabilidad y sentado en la cochera sobre la colchoneta observaba a sus visitantes pensativamente, y con toda paciencia soportaba sus caricias, mientras Ben y Thorny, por turno, relataban los pocos hechos dramáticos que conocían respecto a su desaparición y a su encuentro. Si a la interesante víctima le hubiera sido posible contar sus aventuras habría referido cosas emocionantes, pero el pobre no sabía hablar y los secretos de ese mes memorable jamás iban a ser conocidos.
La herida de la patita cicatrizó pronto, la tintura fu¿ desapareciendo gracias a los interminables lavados y el pelo se tornó nuevamente sedoso y crespo. Un nuevo collar con elegantes letras le dio otra vez categoría de perro respetable y Sancho se consideró que era el mismo de antes. Pero era evidente que su genio, otrora manso y amable, se había agriado y a menudo parecía que él había perdido la confianza en los hombres.
Antes había sido un perro condescendiente y amigo de todos, pero desde su retorno observaba a los extraños con gesto receloso, y la presencia de un hombre andrajoso lo hacía aullar y encolerizarse como si acudieran a él el recuerdo de pasados agravios.
Por fortuna, su gratitud era más fuerte que sus resentimientos y demostró que no olvidaba que debía la vida a Betty, pues salía al encuentro de la niña en cuanto ésta aparecía, obedecía al instante sus órdenes y no toleraba que nadie la molestara cuando él caminaba vigilante a su lado conducido por la mano que lo llevaba del cuello igual que como lo hiciera para sacarlo de aquel patio fatal. Eran fieles amigos para siempre.
La señorita Celia los llamaba la pequeña Una y su león, y viendo a los niños ansiosos por saber a quiénes se refería, les leyó la historia. Ben, con gran trabajo, pudo enseñar a Sancho a deletrear "Betty" y así sorprendió a la niña con esta nueva demostración de inteligencia de su perro. La pequeña no se cansaba nunca de ver cómo la pata delantera de Sancho acomodaba las cinco letras en su sitio y luego corría a poner el hocico entre las manos de Betty como si quisiese agregar:
-Ese es el nombre de mi querida amita...
Por supuesto, a Bab le alegraba que hubieran retornado la paz y alegría de antaño, pero en un pequeño y escondido rincón de su corazón se ocultaba un asomo de envidia y ansiaba, desesperadamente, hacer algo que la pusiera en evidencia frente a su pequeño mundo y recibir los mismos halagos que Betty.
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