Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.149
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-Betty Moss: nunca olvidaré lo que has hecho. Desde este momento, la mitad de Sancho te pertenece y si yo muriese. él será
tuyo... - Y Ben selló ese juramento con un par de sonoros besos que dio a la niña en las sonrosadas mejillas.
Betty se sintió profundamente conmovida y sus ojos azules se llenaron de lágrimas que sin duda habrían corrido por las mejillas
Sancho no hubiese sacado la lengua como quien ofrece un pañuelo de bolsillo para secarlas. Las lágrimas se trocaron entonces en risas, a las que la única que no se unió fue Bab, pues ella se había apartado sombríamente murmurando:
-Voy a ponerme a jugar con todos los perros rabiosos que encuentre. Puede que así me consideren una buena niña y alguien une recompense por ello.
-¡Oh!.. ¡Pobre Bah... Yo te perdono y te prestaré la parte que me corresponde de Sancho cuantas veces quieras -dijo Ben que se sentía magnánimo con todo el mundo, incluso con las niñas que juegan como los varones.
-Vamos a llevárselo a Celia - rogó Thorny deseoso de volver a hacer el relato.
-Es mejor que lo layes antes. Está espantoso, pobre animal... -comentó la señora Moss antes de correr precipitadamente en dirección a la cocina al recordar sus bollos.
-Tendré que darle varios baños para poder sacarle esa tintura marrón. Su hermosa piel rosada está manchada con esa grasa. La haremos desaparecer poniéndolo al sol: el pelo le volverá a crecer y pronto será el hermoso perro de antes. Todo será como antes, excepto...
Ben no pudo concluir y se oyó un lamento general por la desaparecida cola que el animal ya no podría volver a mover con tanto orgullo.
-Le compraré una nueva. Y ahora, pónganse en fila y marchemos en orden exclamó Thorny alegremente mientras empujaba por el hombro a Betty y caminaba silbando "Atención: el héroe conquistador llega". seguido por Ben y su perro, en tanto que Bab cerraba la marcha golpeando una lechera de aluminio con el batidor.
CAPÍTULO 18
Si el secuestro de Sancho causa tanto revuelo, es de imaginar que su regreso y la noticia de sus padecimientos habrían de provocar un revuelo mucho mayor. Le prodigaron una calurosa y afectuosa bienvenida. Por varios días fue objeto de demostraciones de curiosidad y cariño por parte de las niñas y de los muchachos conocidos que acudían a compadecerlo por el pedazo de cola que le faltaba.
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