Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.147
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Con esta terrible y misteriosa amenaza Thorny dejó a los interesados muchas líos con un cuarto de narices dándoles, además, una buena lección.
Después de una mirada llena de asombro, Lita recibió cordialmente a Sancho y lo saludó refregándole la nariz por el lomo. Después el perro se acomodó en su antiguo lugar, bajo la colchoneta, con un gruñido de intensa satisfacción y en seguida se quedó profundamente dormido, vencido por el cansancio.
Ningún conquistador romano que llegara a la Ciudad Eterna cargando valiosos tesoros se habrá sentido tan contento y orgulloso como lo estaba Betty mientras iban en el carruaje que rodaba rápidamente en dirección a la pequeña casa rojiza llevando al cautivo que ella rescatara con sus propios brazos. La pobre Belinda yacía olvidada en un rincón. Los cuentos de "Barba Azul" fueron arrojados bajo un almohadón y el hermoso limón quedó machucado después que se le sentaron encima, pues los dos niños no podían pensar sino en la alegría que proporcionaría a Ben en que liberarían a Bab de su pesada carga de remordimientos, y en la sorpresa que darían a la mamá y a la señorita Celia. Betty no acababa de convencerse de que fuese verdad tan feliz suceso y, a cada instante, miraba si su querido y sucio hallazgo estaba todavía allí.
-Te explicaré lo que haremos -dijo Thorny rompiendo el prolongado silencio mientras Betty se ajustaba el sombrero que se le escapaba cada vez que inclinaba la cabeza para espiar al perro-. Mantendremos a Sancho escondido al llegar y luego lo ocultaremos en el cuarto que Ben ocupaba antes en tu casa. Luego yo me las arreglaré para enviar a Ben a buscar algo allí y veremos qué hace. Jugaría un dólar a que no reconoce a su perro...
-No sé cómo me dominaré para no gritárselo apenas lo vea... ¡Oh!..., ¡va a ser una escena muy divertida!... -Y Betty dio unas palmadas de júbilo por anticipado.
El plan había sido perfectamente trazado, pero Thorny olvidó las posibles reacciones del animal que en esos momentos roncaba pacíficamente entre sus botas. No bien detuvieron el coche frente al portón y apenas había alcanzado a decir en su susurro a su compañera: "Allí viene Ben", cuando ya el perro había saltado del carruaje y se arrojaba con la velocidad de una bala sobre el muchacho que se acercaba. Ambos rodaron por el suelo donde dieron varias vueltas en medio de grandes gritos de alegría y reconocimiento.
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