Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.145
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Una persona mayor y más prudente, se habría asegurado de que era el perro conocido antes de entrar, pero la confiada Betty ni se imaginó el peligro que pudo haber corrido. Su corazón habló más rápidamente que su cabeza, y sin detenerse a investigar, confió en aquel perrito oscuro y descubrió así que era el querido Sancho.
Sentándose sobre el pasto, lo atrajo hacia ella sin hacer caso de su sombrero caído ni de que las patitas llenas de tierra ensuciaban su limpio delantal ni del grupo de muchachos que, extrañados, la contemplaban desde el otro lado de la tapia.
-¡Perrito querido!... ¿Dónde has estado tanto tiempo? -preguntó llorando y con el pobre animal que se apelotonaba sobre su falda como si quisiese estar más cerca de su valiente y pequeña salvadora-. Te tiñeron de negro el pelo y te maltrataron, ¿verdad? ¡Oh, Sancho!... ¿Dónde está tu cola, tu cola tan bonita?
Un aullido conmovedor y un patético movimiento de cola fu¿ toda la respuesta que el animal pudo dar a tan tiernas preguntas. Jamás la historia de su degradación sería conocida como tampoco podría ser restaurada la gloria de su belleza canina. Betty procuraba consolarlo con cariñosas palmadas y ternezas cuando otro rostro apareció por el portón y la voz autoritaria de Thorny llamó:
-¡Betty Moss!... ¿Qué diablos estás haciendo ahí adentro con ese sucio animal?
-¡Es Sancho! ... ¡Es Sancho!... ¡Ven y míralo!... -gritó Betty levantándose y arrastrando consigo a su presa.
Pero el portón estaba cerrado otra vez, porque alguien había dicho "perro rabioso", y Thorny, que había visto un animal en ese estado, se sintió profundamente alarmado.
-No te quedes ahí ni un minuto más. Súbete a ese banco que yo te ayudaré a salir indicó Thorny trepándose a la pared para rescatar a su amiga. En realidad, el perro se comportaba de manera alarmante: renqueaba y corría de uno a otro lado como si estuviese ansioso por escapar. No era extraño que lo quisiese, pues, aunque había descubierto otra voz y otro rostro conocido no había recibido las mismas afectuosas demostraciones de bienvenida.
-No, no saldré si no es con él. Es Sancho y lo llevaré a casa para devolvérselo a Ben - respondió Betty decidida mientras humedecía su pañuelo en un poco de agua y ataba la pata herida que tanto camino había recorrido para ir a apoyarse en una mano amiga.
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