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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.144

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-Parece como si me conociera... Pero no es nuestro Sancho... Aquél era un perro hermoso... -explicó Betty a un niño que se hallaba a su lado. Pero antes de que éste respondiera, el animal se levantó y ladró interrogativamente mientras sus ojos brillaban como dos cuentas de topacio y la pequeña cola se movía nerviosamente.

-Sancho ladraba de ese mismo modo -exclamó Betty asombrada por los detalles familiares que encontraba en aquel perro desconocido.
Como si el nombre pronunciado por segunda vez hubiera puesto fin a sus vacilaciones, saltó el animal en dirección al portón y metió su hocico rosado entre los barrotes, lanzando un alegre ladrido de reconocimiento cuando estuvo más cerca de Betty. Los muchachos abandonaron precipitadamente sus puestos de observación, y la niña retrocedió alarmada, aunque no hizo ademán de huir y abandonar a aquel par de ojos implorantes que la llamaban con una expresión tan elocuente a través de los barrotes.
-Se comporta como nuestro perro, pero no puedo creer que sea él. ¡Sancho!... ¡Sancho!... ¿Eres tú realmente? -gritó Betty sin saber a ciencia cierta qué hacer.
-¡Guau!... ¡ Guau!... ¡Guau!... - respondió moviendo la cola si quisiera agregar algo a esos ladridos, y sus ojos estaban tan llenos de amor y muda alegría que la niña no vaciló ya y se convenció de aquel pobre guiñapo era su querido Sancho extrañamente transformado. Un repentino pensamiento la asalto:
-¡Qué contento se pondrá Ben!... Podrá volver a ser dichoso... Debo llevar el perro a casa.
Sin detenerse a pensar en el peligro que podría correr y dejando de lado todas sus dudas, Betty apartó la mano de Jimmy que sostenía el picaporte del portón y manifestó ansiosamente:
-¡Es nuestro perro!... ¡Déjame entrar!... ¡Yo no le tengo miedo!...
-No entrarás hasta que Jud vuelva: El dio órdenes de que no lo hiciéramos -dijo Jimmy asombrado y creyendo que la niña estaba tan loca como el perro.
Recordando confusamente que Jud había ido en busca de la escopeta para matar a Sancho, Betty dio un fuerte tirón a la puerta y corrió resuelta a salvar a su amigo. Que era su amigo no hubo la menor duda, pues, aunque el animal se abalanzó hacia ella como si fuera a devorarla de un mordisco, lo único que hizo fue echarse a sus pies. lamerle las manos y mirarla a la cara, dándole así la bienvenida que no podía expresar de otra manera.


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