Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.142
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-Muy bien. Tómalo entonces. Y ahora vamos; la parte divertida del programa ha tocado a su fin y pronto comenzará el suplicio -dijo Thorny encaminándose a cumplir su condena, apretando los dientes y lleno de temor su viril corazoncito.
-¿Debo cerrar los ojos y sostenerte la cabeza? -preguntó con temblorosa voz la amable Betty mientras subían los escalones que otros pies tan pesados como los de ellos subieran muchas veces antes.
-No es necesario, pequeña ... No te preocupes por mí. Puedes asomarte al balcón y entretenerte allí. Lo mío no llevará mucho tiempo, imagino... -y diciendo esto, Thorny entró con la secreta esperanza de que el dentista hubiese recibido un urgente llamado
o que hubiera alguien con un terrible dolor de muelas aguardando que lo curaran para
tener un pretexto y poder posponer su visita. Pero no, el doctor Mann estaba desocupado y lleno de cordial interés esperaba a su víctima mientras acomodaba con desesperante cuidado sus pequeños y horribles instrumentos.
Contenta de no tener que contemplar aquella operación, Betty se retiró hasta la ventana posterior para estar lo más lejos posible, y por espacio de media hora se mantuvo absorta en la lectura de su libro, con tal intensidad, que ya podría el pobre Thorny haber gritado de dolor que ella ni siquiera habría oído.
-Bueno, hemos terminado -dijo por fin el doctor Mann. Y Thorny, luego de dar un gran boztezo, exclamó:
-¡Gracias a Dios!... ¡Apróntate para partir, Betty!...
-Estoy lista...
Cerró la niña el libro de golpe y abandonó el cómodo sillón, sin olvidarse de llevar todas las cosas. Pero el dentista debía aún revisar la boca de Thorny, lo que le llevó bastante tiempo, y antes de que terminara, Betty tuvo tiempo de leer otro cuento más interesante aún que el de "Barba Azul". Pero mientras leía la distrajo un confuso rumor de voces infantiles que llegaba desde el estrecho callejón situado detrás de la casa. Un enorme ventanal se abría sobre el patio cerrado por un portón que el viento sacudía.
Curiosa como las mujeres de Barba Azul, se acercó Betty a mirar, pero todo lo que vio fue un grupo de niños muy excitados que trataban de espiar por entre los barrotes de otro portón.
-¿Qué ocurre? -preguntó a dos niñas que no se atrevían a acercarse demasiado al grupo.
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