Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.141
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Esos desesperados lamentos causaban honda impresión en Betty, y esta se apresuraba a consolar a su hermana con profecías opti- mistas y con la firme creencia de que el organillero aparecería un buen día con el perro perdido.
-He guardado cinco céntimos de la venta de mis bellotas, y si encuentro, te compraré una naranja. -prometió Betty deteniéndose a besar a Bab cuando el faetón se detuvo delante de la puerta y Thorny descendió de él para ayudar a la joven señorita, cuyo blanco delantal almidonado crujía como si fuese de papel.
-Tráeme un limón si no consigues naranjas. Me gustará tomar el jugo con azúcar respondió Bab, quien consideraba que en aquellos momentos, una bebida ácida no sería extraña en su copa.
-¿No está hermosa, mi querida? -murmuró la señora Moss observando con orgullo a su hija menor.
En verdad, se la veía muy bonita sentada bajo la capota que tenía escrito "Belinda" con grandes letras. Lucía Betty sus mejores galas, y cuando-se volvió para sonreírles y saludarlas con su carita animada y simpática que resplandecía bajo el sombrerito azul, no es de extrañar que ambas, madre y hermana, pensaran que no había niña más perfecta que "nuestra Betty”.
El doctor Mann estaba ocupado cuando llegaron, pero les dijo que los atendería al cabo de una hora, de modo que ellos se apresuraron a hacer las compras, luego que se aseguraron que el látigo estaba aún en la vidriera de la talabartería.
Thorny agregó unos dulces a los limones para Bab, y Belinda recibió unas masitas que, naturalmente, su mamá comió por ella. Betty pensó que ni en el palacio de Aladino habría tantas piedras preciosas como las que se veían en la joyería donde entraron a comprar los gemelos para Ben. Pero cuando entraron en la librería, olvidó el oro, la plata y las piedras preciosas para gozar contemplando los libros llenos de láminas, mientras Thorny seleccionaba el equipo escolar para Ben. Advirtiendo el embeleso de Betty y sintiéndose particularmente pródigo y con mucho dinero en el bolsillo, el joven caballero completó la felicidad de la niña, diciéndole que eligiera el libro que más le gustase de la colección infantil de Walter Crane, que con mágicos colores aparecía ante sus ojos.
-¡Este!... Bab siempre ha querido conocer a este hombre terrible y esta lámina lo muestra - respondió Betty apretando contra su pecho un magnífico ejemplar de "Garza Azul".
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