Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.137
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-¿Soy un ladrón y un embustero? -preguntó imperiosamente Ben, señalando satisfecho los trozos reveladores extendidos sobre la mesa.
-No, y te ruego me perdones. Te aseguro que lamento mucho no haber investigado más antes de hablar. De esa manera todos nos habríamos ahorrado este mal rato.
-Bien, muchachos. Olviden esto y perdonen. Yo no volveré a desconfiar nunca de ti, Ben. Te doy mi palabra de honor.
Después de pronunciar esas palabras, la señorita Celia y su hermano extendieron a Ben sus manos con toda franqueza y cordialidad. Ben apretó ambas, aunque poniendo una ligera diferencia en los apretones. Tomó la más suave con gratitud, recordando que su dueña había sido siempre bondadosa con él, mientras que a la morena la apretó con tal fuerza que obligó a Thorny a retirarla apresuradamente al mismo tiempo que le hacía exclamar desconcertado:
-¡Vamos, Ben!... No me guardes rencor. Tú has quedado mejor que yo. Yo he hecho el ridículo, ya que después de todas mis investigaciones lo único que he cazado ha sido un ratón.
-Y su familia... Pero yo estoy tan contenta de que haya sido así, que casi siento pena por la pobre mamá rata. Ella y sus hijos debían vivir muy cómodos y felices dentro del viejo limpiaplumas... -dijo la señorita Ceda atropelladamente y simulando alegría, deseosa de distraer a Ben, cuya indignación no había desaparecido del todo aún, cosa que lamentaba la joven.
-Sin duda, la casa es bonita pero un poco cara -agregó Thorny que se puso a buscar a los huérfanos que habían abandonado mientras examinaban los papeles.
Pero ya no tenían por qué preocuparse por ellos. El gatito había hecho su aparición en la escena y, haciendo de juez y jurado, dio buena cuenta de los pequeños culpables. Apenas si alcanzaron a ver cómo desaparecía la última y rosada lauchita por la boca de Kitty.
-A esto le llamaría Yo justicia sumaria. Toda la familia ejecutada en el lugar del hecho. Ahora que todo el mal entendido ha desaparecido vuelvo a tener apetito - dijo la señorita Celia riendo, y su risa era tan contagiosa que Ben se unió a ella a despecho del mal humor que lo embargaba momentos antes. Por eso, tampoco pudo resistirse a la muda súplica que le dirigían los ojos de la joven que parecían volver a pedir perdón.
-Hay demasiada alegría en este funeral.
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