Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.136
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Los de arriba pueden abrirlos y tomarse todo el tiempo que quieran para buscar... ¡Dios bendito!... ¡Ha caído un ratón en tu trampa,, Thorny!... -y la señorita Celia dio un salto, pues estuvo a punto de pisarle la larga cola Gris que colgaba por la trampa.
Pero su hermano no le prestó mayor atención, pues estaba absorto en su tarea. De un tirón había sacado el cajón, que cayó al suelo, por donde se desparramó todo su contenido.
-¡Diablos!... Estaba tan duro que tuve que hacer mucha fuerza para abrirlo v las cosas se han caído - exclamó Thorny confundido por su torpeza.
-No te aflijas. Nada de lo que guardaba allí podía romperse. Ben, busca en el fondo a ver si algún papel se ha escurrido por allí. Debe haber una hendidura en la empuñadura. Vi ese látigo en la talabartería por ese lado, pero el cajón no está nunca tan lleno como para que las cosas disparen por allí.
La señorita Celia se dirigía a Ben quien, de rodillas sobre el piso. recogía los papeles esparcidos entre los que encontró dos dólares marcados: el anzuelo que Thorny había dejado al ladrón.
Ben metió la mano en el agujero que había tras el cajón y dijo:
-Aquí no hay más que un trozo de tela roja.
-Mi viejo limpiaplumas. Pero... ¿qué sucede ahora? -preguntó la señorita Celia al ver que Ben dejaba caer un montón de basura.
-Algo tibio se mueve dentro de esto -respondió Ben inclinándose para examinar el contenido del montoncito de desperdicios-. ¡Ratoncitos!... ¡Qué lindos!... ¡Tan pequeñitos!... Habrá que matarlos para que sigan el camino de la pobre madre que cayó en la trampa - exclamó Ben, olvidándose por un momento de sus tribulaciones y lleno de infantil curiosidad por aquel "descubrimiento
La señorita Celia se agachó y levantó con toda suavidad la cuna roja, dentro de la cual y en medio de un montón de hilachas chillaban alarmados los pequeños ratoncitos. De pronto gritó:
-¡Niños!... ¡Niños!... ¡Encontré al ladrón!... Vengan y reúnan estos trozos de papel. Con ellos formarán los billetes perdidos.
Dejaron a los pequeños huérfanos sobre el piso y cuatro manos ansiosas deshicieron el confortable nido, y entre los fragmentos desmenuzados fueron apareciendo trozos de papel verde: los billetes perdidos. Un trozo mostraba un número bien grande y parte de un grabado, v eso bastaba para explicar el destino que habían seguido los dólares.
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