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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.134

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Durante un instante pareció que Ben no acababa de comprenderlo, no obstante la claridad de las palabras de Thorny, pero luego se puso intensamente colorado y dirigiendo una mirada de reproche a la señorita Celia abrió de un tirón el pequeño cajón de su guardarropa para que ambos pudieran ver todo lo que guardaba allí dentro.
-No hay nada que valga algo, pero es cuanto yo tengo... Temí que se burlaran de mí, por eso lo escondía... Los otros días fue el cumpleaños de papá, y yo estaba tan triste recordando que lo había perdido a él y a Sancho...
La voz indignada de Ben fue haciéndose más débil a medida que hablaba y tembló cuando pronunció las últimas palabras.
Sin embargo, no lloró, pero arrojó sus pequeños tesoros como si éstos hubieran perdido su valor. En seguida, haciendo un supremo esfuerzo para dominarse, miró a su alrededor y por último preguntó a la señorita Celia con dolorido acento:
-¿Creyó usted que yo podría robarle algo?
-No quería creerlo, Ben, pero las circunstancias condenaban. Han desaparecido varios dólares y tú eres el único extraño en la casa.
-¿Y no había otro a quien echarle la culpa? -preguntó Ben tan desconsoladamente que la señorita Celia quedó convencida de que él era inocente como el gatito que en ese momento le mordía los botones del vestido a falta de otra cosa para comer.
-No. Conozco muy bien a las muchachas. En fin, que los once dólares se han perdido y yo no sé dónde ni cuándo pudo ocurrir eso, pues tanto mi cómoda como mi dormitorio están siempre cerrados con llave, ya que guardo allí mis papeles y documentos de valor.
-¡Qué fastidio!... Pero, ¿cómo podía entrar yo si tiene todo cerrado con llave? -y Ben hizo la pregunta como si estuviera seguro de que no iba a obtener contestación.
-Quienes trepan árboles y saltan ventanas y techos en busca de una pelota pueden hacer lo mismo para apoderarse de un poco de dinero, sobre todo cuando sólo tienen que hacer saltar una cerradura vieja...
La mirada y el tono de voz de Thorny demostraba bien a las claras qué era lo que ellos sospechaban, y Ben, sabiéndose inocente, perplejo y dolorido no atinó a defenderse. Sus ojos fueron de uno a otro rostro, y viendo duda en ambos sintió que su pobre corazón de niño se rompía dentro de su pecho.


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