Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.128
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-Supongo que rehuirá lamentando la pérdida de Sancho. Te aseguró que a veces deseo que ese perro no hubiese nacido nunca. Su pérdida ha dañado a Ben. Ni rastro de alearía queda va en él y no quiere aceptar nada de lo que le ofrezco para consolarlo.
Thorny hablaba, con impaciencia v fruncía las cejas mientras se inclinaba sobre las flores que delicadamente pegaba en su herbario.
-¿No estará tramando algo? Actúa como si quisiera disimular una inquietud de la que no se atreve a hablar.
-¿No has conversado con él respecto a esto? -preguntó la señorita Celia como si fuera ella la que sufría.
-¡Oh, sí!... He tratado de interrogarlo, de hacerlo hablar, pero ha mostrado tal disgusto que he tenido que abandonar toda intención de ayudarlo. Tal vez extraña su vida en el circo. No sería raro que fuese así.
-No, no creo. Ben jamás huiría como un ladrón. Por eso lo quiero.
-¿No has observado en él ningún signo de deslealtad o villanía? -inquirió la señorita Celia bajando la voz.
-No. Ben es el mismo de siempre: sincero y honesto. Sólo demuestra estar muy abatido, pero lucha contra su abatimiento como un verdadero hombre. Naturalmente, como no ha vivido antes con nadie como nosotros; todo esto es nuevo para él. Yo conseguiré que mejore en poco tiempo.
-Me parece, Thorny, que por aquí hay tres pavos reales, y tú eres el más grande de los tres -rió la señorita Celia mientras su hermano, que había hablado con un tono de gran suficiencia, levantaba las cejas en un gesto verdaderamente cómico y digno de verse.
-Y hay también dos burritos... Y Ben es uno de ellos... Porque no se da cuenta donde está bien y puede ser feliz -replicó el caballerito pegando un ejemplar seco en una de las hojas del álbum con un fuerte golpe que sin duda habría querido destinar a Ben por descontento.
-Ven para aquí y déjame contarte algo que me tiene inquieta. No te hablaría de ello si no fuera que me siento impotente ahora. Creo que tú podrás hacer algo y resolver el asunto mejor que yo.
Thorny, quien mostró gran desconcierto, buscó un banquito y se sentó a los pies de su hermana para que ésta pudiera susurrarle confidencialmente al oído:
-He extraviado dinero que tenía guardado en un cajón y temo que Ben lo haya tomado.
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