Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.124
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Pero cuando entró a la población y los cascos del caballo repiquetearon sobre las piedras, a la vista de aquel niño descalzo montado en ¡in sudoroso caballo, media docena de voces preguntaron:
-¿Quien se ha matado?
Ben pudo llegar hasta la casa del médico. pero éste no estaba.
-Acaba de salir por allí. El niño de la señora Flynn ha tenido un nuevo ataque indicó una robusta señora desde el "porch" sin dejar de hamacarse en su sillón. Era la esposa del médico y estaba acostumbrada a que llegaran agitados mensajeros de todas partes y a todas horas del día y de la noche.
Ben, sin dignarse a contestar ninguna de las preguntas que se le hicieron, siguió su camino deseando tener que salvar un abismo, escalar un precipicio o vadear un torrente agitado para probar así su devoción a la señorita Celia y también, ¿por qué no?, su habilidad como jinete.
Pero no encontró nada de eso en su camino y muy pronto halló al médico detenido para descansar y dar de beber a su cabalgadura precisamente en el mismo sitio donde Bab y Sancho habían sido descubiertos aquella memorable jornada.
Ben relató lo ocurrido, y después de escucharlo y prometer que iría para allá tan pronto como pudiese, el doctor Mills siguió viaje rumbo a la casa de los Flynn para calmar el ataque del niño, el cual se había descompuesto por haber ingerido un trozo de jabón y varios botones durante un almuerzo que él mismo se habría preparado mientras su madre se hallaba lavando.
Ben agradeció una vez más a su buena estrella saber hacer ciertas cosas. Por ejemplo, cuidar a un caballo cansado y sudoroso. Se detuvo junto al improvisado bebedero el tiempo suficiente para refrescar a Lita y calmar su sed pasándole un manojo de hierbas húmedas por la boca y el cuello, dejándola luego que bebiera un poco de agua. Regresaron luego lentamente, atravesando la rumorosa fronda y Ben no dejaba de palmear el cuello de Lita alabando la inteligencia y velocidad del buen animal. Lita sabía que se había portado bien y sacudía la cabeza con orgullo, arqueaba el lomo y trotaba con elegancia con la consciente coquetería de una jovencita. Se daba vuelta a mirar a su jinete y devolvía los cumplidos con miradas cariñosas, con alegres relinchos y pasando su hocico de terciopelo por los pies desnudos del muchacho.
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