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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.123

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-Ahora tú, muchacho, ye en busca del medico. Mi gente cuidará a la señorita y será mejor para ella quedar quieta en casa hasta saber que es lo que tiene -dijo el granjero después que hubieron transportado a la pálida niña, con mucho cuidado, cuatro poderozosos brazos hasta el carro.
-¡Monta ya!... - exclamó el granjero-. Tendrás que ir hasta Benyville. El doctor Mills es un maestro para componer huesos rotos. No hay más que tres millas desde aquí hasta su casa y será mejor que yayas en su busca no sea que se produzcan más inconvenientes por esperar.
-¡No mates a Lita!... -rogó la señorita Celia desde el carro y cuando éste comenzaba a ponerse en movimiento.
Pero Ben no la oyó, porque ya estaba muy lejos, cabalgando otra vez a través de los campos como si de su rapidez dependiera la vida o la muerte de alguien.
-¡Ese muchacho se romperá la cabeza!... -dijo el señor Paine al ver cómo, caballo y jinete, saltaban una tapia.
-No teman por Ben. El sabe montar, y Lita está acostumbrada a saltar cualquier clase de obstáculos -advirtióles la señorita Celia al mismo tiempo que se dejaba caer sobre el colchón de heno con un pequeño quejido. Involuntariamente había levantado la cabeza para mirar a su fiel escudero y el movimiento le hizo mal.
-Espero que tenga usted razón. Sería un buen "jockey" ese muchacho. Jamás he visto nada mejor. Ni en las pistas de carrera -aclaró el granjero Paine mientras caminaba junto al carro sin dejar de mirar la figura ecuestre que atravesaba el puente haciéndolo retumbar, trepaba una colina y luego se perdía de vista dejando tras de sí una nube de polvo.
Una vez que hubo dejado a su señorita a salvo, Ben podía entregarse al placer de aquella carrera. Y lo mismo parecía ocurrirle a la yegua haya. Lita era un animal de pura sangre y así lo demostró ese día recorriendo las tres millas en un tiempo verdaderamente récord. La gente que iba sacudiéndose en carros y coches a lo largo del camino miraban con curiosidad y asombro a la temeraria pareja que los dejaba atrás. Las mujeres que plácidamente cosían asomadas a las ventanas dejaban caer la aguja y lanzaban exclamaciones de alarma seguras de que era un malhechor que huía; los niños que juraban a la orilla del camino se dispersaban como polluelos cuando se acerca el gavilán, mientras Ben pasaba profiriendo un gritó de advertencia para que le dejaran libre la senda.


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