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Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.122

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Página 122 de 209


frases entrecortadas:
-...que vayan todos a auxiliar a la señorita Celia.
Ben, que se había arrojado del caballo antes de que el animal
se detuviera, volvió a montar, pero la anciana, dejando su tejido, le hizo, unas tras otra, más de media docena de preguntas:
-¿Quién es esa señorita? ¿Qué se ha roto? ¿Cómo se cayó?
-¿Dónde está? ¿Por qué no vino ella hasta aquí? ¿Se ha insolado?
Ben contestó rápidamente a todas las preguntas para poder pegar la vuelta de inmediato pero la mujer lo detuvo para darle indicaciones, expresar su compasión y ofrecer hospitalidad, todo ello en un discurso bastante incoherente:
-¡Dios mío!... ¡Pobre querida!... La traeremos aquí... ¡Lidia! ¡Busca el alcohol! ¡Y tú, Melisa, prepara una cama para acostarla!... Las caídas son cosa peligrosa. No quiero ni pensar que se pueda haber roto la columna vertebral. Papá está allá abajo, y él y Bijah irán en su busca. Vete a llamarlos que yo haré sonar el cuerno para advertirlos. Dile a tu señorita que con gusto la auxiliaremos y que no tema causarnos molestia alguna.
Ben no se detuvo a oír ni una palabra más, y cuando la señora Paine se volvió a tomar el cuerno de latón, él fustigó a su cabalgadura y partió.
Varios y largos trompetazos parecieron azuzar más a Lita que ya galopaba por el sendero, pues el sonido de un cuerno siempre excita a los caballos de raza, y "papá" y Bijah alarmados por el llamado del cuerno, inesperado a esa hora, se apoyaron en sus rastrillos para mirar más extrañados aún la curiosa figura del pequeño jinete que se aproximaba envuelto en una nube de polvo.
-Tal vez el abuelo ha tenido otro ataque... Le avisé que podía repetirse -manifestó el campesino con toda calma.
-Esperemos que no se haya declarado un incendio... - murmuró un peón buscando en el cielo alguna nube de humo.
Pero en lugar de adelantarse e ir al encuentro del jinete todos permanecieron. rígidos como estatuas y aguardaron a que el muchacho llegara junto a ellos y les comunicase lo que ocurría.
-¡Oh!... ¡Malo, malo!... -comentó el granjero cuando se enteró de lo sucedido.
-Ese arroyo siempre fue un lugar peligroso - agregó Bijah.
Después los dos hombres se pusieron rápidamente en movimiento: el primero corrió hacia el lugar donde se encontraba la señorita Celia, mientras que el segundo trajo un carro e improvisó un lecho de heno para colocarla allí.


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