Bajo las Lilas (Louisa May Alcott) - pág.120
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-Lita ha rodado, pero no parece estar lastimada ni muy asustada -pensó el muchacho mientras el hermoso animal frotaba la nariz sobre su hombro y mordisqueaba el freno como si quisiera darle noticias del desastre.
-Lita. ¿dónde está la señorita Celia? -le preguntó mirándola fijamente a los ojos que, aunque inquietos, no parecían espantados.
Lita levanto la cabeza y relincho con fuerza, como si llamara a su ama y se lamentara de que no la hubiese retenido fuertemente por las riendas.
-Bien, bien... Ya la encontraremos... -Y arrancándole la montura destrozada arrojo lejos sus zapatos, ajusto con firmeza el sombrero y monto de un salto. Ben sintió como un hormigueo que le recorría todo el cuerpo y experimentaba una sensación de seguridad y poder al apretar con sus rodillas cl cuerpo del animal, mientras que en los ojos de Lita también se reflejaba una mirada
de alegría.
-¡Oiga usted, señora Moss!... Algo le ha ocurrido a la señorita Celia y yo salgo en su busca. Thorny duerme: déle la noticia con cuidado. Yo volveré en cuanto la encuentre.
Luego, aflojando las riendas a Lita partió sin dar tiempo a la asustada mujer más que para que se retorciera las manos y gritara:
-¡Ve en busca del alcalde!... ¿Que haremos?
Como si supiera lo que esperaban de ella, Lita hizo el camino y a recorrido, según Ben pudo comprobar por las huellas aún frescas que se veían en el sendero por donde el animal había venido en busca de ayuda. Anduvieron más de una milla hasta que se detuvieron frente a unas barreras bajas para permitir el paso de unos pesados carros que iban hacia los lejanos campos donde se recogía el heno. Volvieron en seguida a emprender la marcha a galope tendido y atravesaron campos recién segados hasta llegar al arroyo por el que, evidentemente, la yegua había pasado antes. Porque del otro lado, hacia un sitio donde los animales solían acercarse a beber, se veían, sobre el barro, señas de una caída.
-Fuiste una tonta al saltar por aquí, pero, ¿donde está la señorita Celia? -preguntó Ben, quien se dirigía a los animales como si fueran personas y era entendido por ellos mucho más de lo que puede imaginar el que no está acostumbrado a tratar con animales.
Pero Lita parecía haber perdido el rastro y bajaba la cabeza como si esperara encontrar a su dueña donde la había dejado, tirada sobre el barro.
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